VIA CRUCIS 2010

Escrito por Administrador Lunes, 01 de Marzo de 2010 00:08

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Estamos caminando en el mundo montados en el tren de la vida. En este tren hay diferentes vagones Son los vagones por los que vamos pasando en las diferentes etapas o situaciones de la vida.

Vamos a contemplar cuatro vagones en los que Jesús de Nazaret se montó en su coherencia y fidelidad al Padre, y en su amor a los hombres. Junto a Él muchas personas, muchos colectivos viajan también en los mimos vagones.

1.- El Vagón de la angustia, el miedo, la condena y la muerte.
 
 Es el vagón de aquellos que viven sumergidos en angustia, en la soledad, en la tristeza, en la enfermedad, en situaciones límites. Están atrapados por el miedo, no ven salida a su situación. Están débiles, indefensos. Tienen que decidir si se mantienen en la confianza o bien si se sumergen en la desesperanza.

 En este vagón hay muchos hombres y mujeres, con rostros demacrados, porque la vida les ha ido condenando a ir con cadenas y cruces insoportables, son los pobres de la tierra. Van derrotados, heridos por tanto desamor e injusticia.

En este vagón se respira dolor, hay llantos, miradas perdidas, corazones rotos, sentimientos encontrados. Esperan que alguien les salve, que puedan salir de ese fango de muerte.

Y ahí en ese vagón está y camina con ellos Jesús, el de Nazaret, Aquél que pasó haciendo el bien, ofreciendo vida a los demás, sanando, perdonando. Él también está viviendo la noche triste, la noche amarga, la noche de abandono y soledad. Le han metido en ese vagón, y en su recorrido Jesús se muestra débil, porque siente miedo y repugnancia hacia la voluntad del Padre: “Si es posible, que pase este cáliz tan amargo y repugnante. Pero que se haga no lo que yo quiero, sino lo que quieres tú””.

Destrozado camina en soledad, apoyándose sólo en Aquel a quien no ve, ni oye, ni siente. Pero no está dispuesto a dar marcha atrás, quiere hacer la voluntad del que le ha enviado.

Y  Jesús es considerado “reo de muerte” (Mt. 26, 57). Se condena a muerte a Jesús. Se le condena por mostrar a un Dios amor, un Dios del perdón. Es condenado por poner al hombre por encima de la Ley, por defender al hombre por encima de la religión, por comer con pecadores y publicanos, por hacer ver a los ciegos y hablar a los mudos.
 
 "Así fue como se llevaron a Jesús. Cargando con su propia cruz, salió de la ciudad hacia el lugar llamado Calvario (o de la Calavera), que en hebreo se dice Gólgota."
 Jn. 19, 17
 
 En ese vagón constatamos lo que es el escándalo de la cruz y comprendemos en profundidad a Jesús. Su existencia toda fue servicio, total disponibilidad, anticipo de su entrega máxima: su propia vida. Muere porque nos cuesta vivir la vida desde el amor, no queremos cerca de nosotros a aquellos que nos interpelan y nos hacen llamamientos hacia la gratuidad, el perdón, la reconciliación. Muere para destruir el pecado y para que exista la esperanza. Desde la cruz, a la vista de la muerte de Jesús, todo cambia. Los olvidados del mundo no son los olvidados de Dios. Los vencidos resultaran los vencedores y los postergados los primeros. Ante la cruz los esquemas no sirven. La novedad es que para tener vida hay que morir por todos, para recibir hay que entregarse sin reservas, para ser libre hay que hacerse esclavo de los demás por amor.

Contemplamos a Jesús sumergido en la angustia, en el miedo, en el dolor, en la Cruz.
(Tiempo para el silencio)

- Contemplamos las manos clavadas de Jesús… Manos que bendecían, manos que sabían lo que era trabajar… Manos que sabían curar… Manos que sabían compartir… Manos que sabían hacer el bien… Manos que en ciertos momentos eran exigentes… manos que… (van añadiendo los participantes cosas que recuerdan que Jesús hacía con las manos…)
- Contemplamos los pies taladrados de Jesús: Los pies son la base literal del cuerpo, sostienen todo su peso… han caminado mucho… han corrido, saltado, bailado… son frágiles y sensibles… (van indicando el valor de los pies de la persona…)
- Contemplamos el costado de Jesús: Cerca del corazón… por ahí se le va la vida… (van añadiendo los participantes detalles  que a ellos se les ocurra del dolor del corazón: ¿En quién pensaba Jesús? ¿Cómo se sentía en esos momentos…?

Todos:
Me gusta mirarte y contemplarte
 muerto, sujeto al madero
 porque me haces ver en Ti
 a Dios débil, a Dios humano.

Tu imagen muerta en la cruz
me ayudó de niño a desterrar de mi mente
la idea de un Dios tirano, del miedo y del terror,
la del Dios que castiga, la de Dios vengador.

Ver tu cabeza inclinada,
me enseña que tu poder se manifiesta en la debilidad.
Ver tus brazos abiertos,
me muestra que la vida no se guarda; se comparte y se da.

Contemplar tu muerte injusta
me enseña a rebelarme contra la injusticia.
Verte morir perdonando me enseña
que el perdón tiene más fuerza que una merecida venganza.

¿Cómo quejarme de mis pies cansados,
cuando veo los tuyos destrozados?
¿Cómo mostrarte mis manos vacías,
cuando las tuyas están llenas de heridas?

¿Cómo explicarte a ti mi soledad,
cuando en la cruz alzado y solo estás?
¿Cómo explicarte que no tengo amor,
cuando tienes rasgado el corazón?
Ahora ya no me acuerdo de nada,
huyeron de mí todas mis dolencias.
El ímpetu del ruego que traía
se me ahoga en la boca pedigüeña.

Viendo tu cuerpo en la cruz aprendo
cuál es el amor más grande,
y que amar es más comprometerse que hablar,
que el amor está más en el hacer que en el decir.

 También me hace pensar
en la gran paciencia que tienes:
al fin y al cabo, en la cruz estás esperando
que descubramos todo esto y aprendamos de tu ejemplo.

Y una cosa más, en importancia primera,
evocas desde la cruz:
Que la Resurrección ya asoma
 de la muerte hacia la luz.

Trono santo de tu gloria
es el árbol de la cruz;
estandarte que nos guía,
causa de nuestra salud

Jesús sigue muriendo en nuestros días en los rostros de los niños que sufren, los ancianos olvidados, los desempleados, los trabajadores mal pagados, los indígenas, los marginados, los jóvenes sin futuro. Mi compromiso con Cristo debe llevarme a entregar, como él, mi vida por amor a todos, empezando por los más pobres, para construir su Reino de justicia, amor y paz.

Contemplemos a los Crucificados de la tierra.

Pongamos nombres concretos. Quiénes son los que hoy viven bajo el peso de la cruz, los que sienten la impotencia en la vida, los que están derrotados, sin fuerza ni ánimos, viviendo en agonía y miedo.

(Vamos diciendo nombres de personas o colectivos concretos)

Jesús está ahí en ese vagón de los que hoy viven indefensos, las víctimas de la injusticia y la falta de fraternidad, sin vivienda ni salarios dignos, muchas veces despojados de sus derechos. Son los condenados a muerte de nuestro mundo de hoy. Los mismos que Jesús amó hasta la muerte de cruz.

Reflexiona, piensa en aquellos momentos de angustia, miedo, tristeza, abandono, soledad, cruz, que tú has vivido: ¿Cuáles eran? ¿Cómo te sentías? ¿Cómo actuaste?

 (Tiempo para el silencio)

Todos:

Señor Jesús,
tu pasión es la historia de toda la humanidad:
la historia en la que los buenos y los pobres son humillados,
los pacíficos ... agredidos,
los honestos ... pisoteados
y los puros de corazón escarnecidos con burla.
¿Quién vencerá?
¿Quién dirá la última palabra?

Señor Jesús,
nosotros creemos que la última palabra eres Tú:
en ti los buenos ya han vencido,
en ti los mansos ya han triunfado
en ti los honestos son coronados
y los puros de corazón brillan como estrellas en la noche.

Señor Jesús, esta tarde volvemos a recorrer el camino de tu cruz,
sabiendo que es también nuestro camino.
Pero nos ilumina una certidumbre:
el camino no termina en la cruz,
sino que lleva más allá,
lleva hasta el Reino de la vida
y el colmo de la alegría
que nadie podrá arrebatarnos jamás.

¡Oh, Jesús!,
me detengo pensativo
a los pies de tu cruz:
también yo la he construido con mis pecados e injusticias.
Tu bondad que no se defiende
y se deja crucificar
es un misterio que me sobrepasa
y conmueve mis entrañas.

Señor, tú has venido al mundo por mí,
para buscarme, para traerme el abrazo del Padre:
el abrazo que tanto hecho en falta.
Tú eres el rostro de la bondad
y de la misericordia:
por eso quieres salvarme y liberarme.

Hay tanto egoísmo dentro de mí:
¡ven con tu caridad sin límites!
Dentro de mí hay orgullo y maldad:
¡ven con tu mansedumbre y humildad!
Señor, yo soy el pecador que ha de ser salvado:
el hijo pródigo que debe volver, soy yo.

Señor, concédeme el don de lágrimas
para recobrar la libertad y la vida,
la paz contigo y la alegría en ti

2.- El vagón de los que son solidarios, consuelan, ayudan y dan la vida por los otros.
 Ahí están en ese vagón tantas personas anónimas, que van por el mundo haciendo el bien, tendiendo su manos a otros, ofreciendo sus bienes y su tiempo, saliendo al camino de los hermanos para compartir con ellos su soledad, su cruz e impotencia. No suelen salir en los periódicos, permanecen callados aunque sus signos son de vida, de aliento y ánimo en el camino. Sin ellos no habría humanidad, seríamos seres insensibles, indiferentes al dolor humano. Ellos son personas compasivas, se desviven por los otros, dedican tiempo y vida a los otros. Se cansan trabajando por los demás, no llegan ni a tener tiempo para pensar en ellos.

 “Al salir, encontraron a un hombre de Cirene llamado Simón, y le obligaron a llevar su cruz” (Mt. 27, 32-33)
 
 Ser Cirineo es no rehuir de la cruz del hermano, es entender el evangelio del sufrimiento, es ser solidario del hombre humillado. En un mundo en el que lo importante es aparentar, tener poder y tener dinero, parece que todo vale; que todo se puede comprar y vender incluso la amistad o la fidelidad Dios es fiel.

Demos gracias en silencio al recordar a tantas personas que nos han servido y ayudado en cosas concretas, han sabido estar a nuestro lado animándonos, escuchándonos, ofreciéndonos su tiempo, sus capacidades, su amor.
Demos gracias por tantos Cirineos como hay por el mundo, en nuestra comunidad eclesial, en nuestra parroquia. Quiero dar las gracias por…
El nuevo mundo que Jesús quiere instaurar exige personas comprometidas con el sufrimiento y el dolor de los demás. Solidarias con los que sufren y los marginados. Un mundo nuevo exige cristianos que caminen juntos al pueblo compartiendo su destino. Trabajando por la promoción del hombre, haciendo más livianas las cruces de nuestros hermanos. Seguir a Jesús es vivir la solidaridad como expresión concreta y actual del mandamiento del amor. Juan en su primera carta nos dice “Si uno dice: Yo amo a Dios, y no ama a su hermano, es un mentiroso. Si no ama a su hermano, a quien ve, no puede amar a Dios, a quien no ve” (1 Jn. 4, 20). ¿Con quiénes sería solidario hoy Jesús? ¿Cómo actuamos nosotros? ¿Qué podemos mejorar para vivir como Dios pide?
Pidamos al Señor que nos dé la capacidad de servir, de estar disponibles para los otros, porque sirviendo a los demás se está sirviendo a Jesús.
 
 Todos:
 
 Padre bueno,
 muéstranos la alegría de ser solidarios.
 Despierta nuestra compasión,
 sacude nuestros sentidos,
 moviliza nuestras fuerzas y dones:
 ¡Haz que vivamos la solidaridad, el amor, la entrega!
 Destruye nuestras indiferencias y comodidades,
 Sacude nuestras conciencias.
 Enséñanos a mirar a los otros con compasión.
 Ayúdanos a levantar a los caídos, a sanar a los heridos.
 Que sepamos amar a los que no son amados
 Haz que vivamos el amor, la entrega, el servicio.
 Padre bueno,
 enséñanos a servir con toda nuestra persona.
 Ayúdanos a ser generosos en la entrega,
 a dar siempre un poco más.
 Muéstranos cómo aceptar los desafíos y riesgos
 de seguir a Jesús.
 
  En este vagón de la vida hay muchas personas desfiguradas, deshechas, cansadas de vivir, maltratadas por las personas y cuanto les ha ido sucediendo en la vida, que esperan nuestro consuelo. Son millones, que no tienen figura, dignidad, se les ha desposeído de todo tipo de derechos.
 
 "Así como muchos quedaron espantados al verlo,
 pues estaba tan desfigurado,
 que ya no parecía un ser humano.
 Despreciado por los hombres y marginado,
 hombre de dolores y familiarizado con el sufrimiento,
 semejante a aquellos a los que se les vuelve la cara,
 no contaba para nada y no hemos hecho caso de él.
 Sin embargo, eran nuestras dolencias las que él llevaba,
 eran nuestros dolores los que le pesaban."
 Is. 52, 14; 53, 3-42
 
 Hoy Cristo sufriente se revela en el rostro de los abandonados, de los que viven oprimidos bajo la miseria y el sufrimiento. Desde allí espera de nosotros nuestra conversión. Vivir, como la Verónica, la compasión evangélica en gestos concretos de amor al otro. Aun a costa de ser mal mirados, incomprendidos y hasta perseguidos.
 
 La Verónica siente compasión por Jesús, y Jesús mirando a aquellas mujeres que lloran les dijo: «Hijas de Jerusalén, no lloren por mí. Lloren más bien por ustedes mismas y por sus hijos."  Lc. 23, 27-28
  
 Jesús olvidándose de su dolor consuela a aquellas mujeres que están sufriendo y llorando. Él nos invita a consolar a los que hoy están desolados, cansados, abatidos, derrotados, esperando simplemente que alguien les escuche, les  acompañe en su dolor.

Todos:

Felices los que aman al hermano concreto.
FELICES, LOS QUE LOS QUE VIVEN EL MANDAMIENTO PRIMERO
QUE ES AMOR A DIOS EN EL HERMANO.
Felices los que encuentran que este amor hoy se revela en un camino:
SER SOLIDARIO.
 
 3.- El vagón de los que viven en el sepulcro, en medio de la noche.
  
 En este vagón se viaja siempre de noche. Es la noche de la muerte, la noche de los sepulcros, la noche de la impotencia, noche en la que vamos atados sin poder movernos. Fue la noche de Jesús  en el Calvario cuando lo descolgaron de la cruz.
 
 Era ya anochecido, cuando lo descolgaron y hacía frio. Casi como a traición, en medio de silencios y llantos entrecortados, envolvieron el cuerpo en el lienzo, y lo transportaron hacia el huerto.
 
 Había que darse prisa. Caminaban en silencio, envueltos ya en la oscuridad. Había sido un día largo, muy largo; y se avecinaba una noche más larga aun, y más triste. Una noche sin esperanza, donde sólo quedaba una tarea para cumplir: dar sepultura a un cadáver y, con él, dar sepultura a todas las esperanzas, a todas las ilusiones.
 
 Le metieron en el sepulcro. La piedra rodó, y selló con un golpe seco, una muerte y una noche. Arriba, en el Calvario, a la luz llena, una cruz vacía, desnuda y ensangrentada.
 
 En el silencio de la noche, recuerdas el grito de desesperación de Jesús en la Cruz: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado? Un grito al que siguió, por toda respuesta, el eco, el silencio y la muerte.
 
 En el silencio, escuchas, junto a la cruz desnuda de Jesús, el grito del hombre ante la noche: “Oh Dios, ¿por qué, por qué ha tenido que ser así?”
 
 Ese es la noche en la que se escuchan gritos de impotencia, gritos silenciosos, que no llegan a oírse en el mundo. Es el grito de los padres ante la muerte inesperada de un hijo. Es el grito de dolor de la mujer maltratada. Es el grito de los condenados a muerte. Es el grito de los que ven morir de hambre a sus hijos entre sus manos. Es el grito de todo un pueblo ante el terremoto. Es el grito ante el cáncer, ante… “Oh Dios, por qué…”, “Señor, por qué…”
 
 Dios ha muerto en la noche y la existencia del hombre ha quedado sumergida en una oscuridad perpetua.
 
 Piensa ahora en tu noche, en la noche de tu vida, esas noche tan llenas de dolor, tan cargadas de desconcierto, tan desesperanzadas, con tanto desconsuelo. ¿Cuáles han sido las noches más duras de tu vida?
 
 Todos:
 
 Viene la noche.
 El camino se alarga.
 Hace frio.
 Nunca llega la posada.
 Ando despacio como animal cansado de carga.
 No puedo ni levantar los pies.
 ¿Hasta cuando?
 ¡Dios mío, mi roca!
 ¡Dios mío, Dios mío! ¿Por qué me abandonas?
 Desde el sepulcro te grito.
 Tú no respondes.
 Estoy hundido, acorralado por la tristeza, soy incapaz de moverme.
 Todos me han abandonado, mis amigos me dejan.
 Tú sordo y mudo.
 ¡Qué densa esta oscuridad, señor!
 ¡Señor, dame luz!
 No te vayas por favor.
 Sin Ti, no veo.
 Sin Ti, no existo.
 Sin ti, permaneceré eternamente en el sepulcro.
 
 4.- El Vagón de la vida, de la esperanza y la resurrección.
 
  Pero desde la noche de los tiempos, se hace la luz en el mundo. Desde la noche de los hombres, amanece la luz de los vivientes, la luz del Resucitado.
 
 "Estaban tan asustadas que no se atrevían a levantar los ojos del suelo. Pero ellos les dijeron: ¿Por qué buscáis entre los muertos al que vive? No está aquí. Ha resucitado. Acordaos de lo que os dije cuando todavía estaba en Galilea."
 Lc 24, 5-6
 
 “Si hemos muerto con él, viviremos con él” (2 Tim. 2,11). De la muerte nace la vida, del sufrimiento y la frustración surge la esperanza. Nos ha liberado del pecado y de la muerte. Donde el mundo ve frustración y sin sentido, Dios hace estallar la vida. De la noche surge la luz que nos ilumina y acompaña. El Padre no nos abandona. Su promesa liberadora se hace realidad en Jesús. La vida vence.
 
 Este es el mensaje, que se nos transmite en este vagón en el que avanzamos en la vida. Dios no nos abandona en el dolor, en la injusticia y el sufrimiento. Nos quiere libres y libres para amar, empeñados en la construcción de la civilización del amor. Sumando nuestros esfuerzos para empezar hoy y aquí la fraternidad, la paz y la justicia anheladas. Nos propone a todos el camino de Jesús. Camino de cruz, camino de esperanza y liberación. Camino de donación, dar la vida para que otros vivan.
 
 Su resurrección es signo y prenda de la resurrección a la que todos estamos llamados y de la transformación final del universo
 
Ahora ya sabemos que la cruz de Jesús es mensaje de esperanza. Sabemos que la muerte no tiene la última palabra, la vida es más fuerte porque es el proyecto de Dios. ¿Cómo, con qué gestos, con qué opciones, con qué prácticas, Dios nos llama a anunciar su proyecto de Vida, en medio de tanta muerte, violencia, injusticia y desesperanza?

Alabemos desde este vagón al Cristo resucitado, y con Él a todos los que van sembrando la esperanza y la alegría en este mundo.

Todos:

Alabado sea Dios, por la victoria de Jesús, su Hijo.
Alabado sea Dios, en la sabiduría de la cruz.
Alabado sea Dios, en la fuerza de la debilidad.
Alabado sea Dios, en la alegría de los pobres.
Alabado sea Dios, en la paz de los sencillos,
Alabado sea Dios, en el amor a los enemigos.
Alabado sea Dios, en los construyen la paz.
Alabado sea Dios, en los que superan el miedo.
Alabado sea Dios, en los que caminan con esperanza.
Alabado sea dios, en los que anuncian tu mensaje de victoria.
Alabado sea Dios, en los que esperan contra toda esperanza.
Alabado sea Dios, en tu Hijo, el Resucitado de éntrelos muertos.