3 IGLESIA EN EL MUNDO Y PARA EL MUNDO

Atención, abrir en una nueva ventana. PDFImprimirE-mail

La comunidad cristiana nace y crece en el mundo, y es enviada a él como mensajera de la Buena Noticia, compartiendo y discerniendo los gozos y las esperanzas, las tristezas y angustias de las gentes, sobre todo de los pobres y afligidos: “nada hay verdaderamente humano que no encuentre eco en su corazón” (GS 1), “por eso, se siente íntima y realmente solidaria del género humano y de su historia” (GS 2)

Desde esta perspectiva hay que entender el carácter secular o “mundano”, si se quiere, de toda la Iglesia. Todo el Pueblo de Dios es en su totalidad signo e instrumento de la actuación de Dios en cada tiempo y lugar. La Iglesia está llamada a estar presente en la historia humana de cada momento y de cada lugar, ha de ser signo eficaz de la acción transformadora de Dios en nuestro mundo. Ha de situarse, como iremos viendo, en actitud de apertura y diálogo, para poder captar así las llamadas de Dios a través de la realidad de nuestro mundo. Por ello, la Iglesia debe estar dispuesta a dejarse interpelar por la realidad, en la que ha de descubrir y realizar la voluntad de Dios.
El Concilio Vaticano II no ve a la Iglesia como realidad desgajada del mundo, sino inserta en la vida de la gente y de los pueblos, peregrinante en la historia humana. No cabe entenderla como alejada de los problemas y de las inquietudes de las personas o insolidaria con la suerte del grupo humano en que vive. El Papa Pablo VI, en el discurso de apertura de la segunda etapa conciliar (29 de septiembre de 1963) decía: “Miramos a nuestro tiempo y a sus variadas y opuestas manifestaciones con inmensa simpatía y con un inmenso deseo de presentar a los hombres de hoy el mensaje de amistad, de salvación y esperanza que Cristo ha traído al mundo. Que lo sepa el mundo: la Iglesia lo mira con profunda comprensión, con sincera admiración y con sincero propósito no de conquistarlo, sino de servirlo; no de despreciarlo, sino de valorizarlo; no de condenarlo, sino de confortarlo y de salvarlo” (nn. 57-58 en AAS 55 -1963- )
1.- Significado bíblico del término “mundo”
Es importante clarificar qué entendemos por “mundo” porque, en el fondo de muchos malentendidos y hasta la animadversión de la Iglesia en su relación con el Mundo, está la forma “unívoca” con que se ha entendido el mismo término “mundo”.
La palabra “mundo” puede tener diversos significados. Puede entenderse del conjunto de toda la realidad creada (“los cielos y la tierra”) o también la sola realidad humana, la tierra y sus habitantes. La Biblia (casi sólo el NT) lo entiende en el último sentido, pero en cuanto la humanidad se enraíza en el mundo material y como formando parte de un mundo espiritual. Además la palabra “kósmos” que el Nuevo Testamento traduce por “mundo”, designa todos los seres creados y, ante todo, el orden y armonía existente entre ellos. A este respecto, los escritores apostólicos distinguen dos épocas: el “siglo” presente, sujeto al pecado y por consiguiente opuesto al Creador y sometido a los poderes antidivinos, y el “siglo” futuro en el que no existirá ya el pecado y se cumplirá sin obstáculos la voluntad divina. La complejidad que presentan los textos bíblicos al hablar del mundo sólo pueden esclarecerse si se tienen en cuenta estas distinciones. Una complejidad que se echa de ver especialmente en san Juan. Para San Juan la palabra mundo designa:
- En primer lugar, designa la tierra, el lugar donde habita la humanidad (6,14; 11,27).
- Significa, además, la gente en general, sin connotación ética (todo el mundo, 12,19; 14,27).
- También, la humanidad creada por Dios y necesitada de salvación, la que, como tal, es objeto del amor del Padre y de la misión del Hijo (3,16.17).
- Finalmente, la humanidad/los hombres (3,19) que se resisten a la salvación, que rechazan la luz-vida y, después de la llegada de Jesús, rechazan al Hijo (16,8); este mundo en sentido peyorativo se identifica con el orden político-religioso que se opone a Jesús.
Es esta acepción peyorativa -y parcial- del término “mundo” la que va a ser absolutizada -como si fuese el único sentido que “mundo” tiene en Jn.- y la que, con el transcurso del tiempo pasa a la conciencia colectiva de la Iglesia, impidiendo que ésta asuma y respete la realidad y, a la vez, contribuirá a la aparición de un modelo de espiritualidad, según el cual la huida del mundo va a ser considerada como la más perfecta de las respuestas que un cristiano puede dar, desde su opción creyente, ante/al "mundo".
Por tanto, se ha subrayado de los escritos juánicos el aspecto negativo del mundo pues está sujeto al Maligno (1 Jn 2,15; 5, 19); Jesús no ruega por el mundo (Jn 17 9) y dice a los suyos que no amen al mundo pues si alguien ama al mundo el amor del Padre no está en él (1 Jn 2, 15). Y sin embargo, el mundo es amado por el Padre hasta tal punto que “le dio a su único Hijo, para que quien crea en El no perezca sino que tenga vida eterna. Porque Dios no ha enviado a su Hijo al mundo para condenar al mundo sino para que el mundo se salve por él” (Jn 3, 16 17). Los discípulos no son del mundo, Jesús los ha sacado de él, y por eso el mundo los odia (Jn 15, 19; 17, 6.14.16). Pero no pide al Padre que los retire del mundo sino que los guarde del Maligno (Jn 17, 15). El Apocalipsis evidencia el rechazo frontal que el mundo ofrece a la misión. Pero este rechazo y las pruebas por las que, debido a ello, tienen que pasar las iglesias les permite descubrir que ellas son obra de Dios. Por eso Satanás está vencido (Ap 12, 9) y la Iglesia participará de la victoria definitiva pues la fuerza de Dios está con ella. Con esta garantía la comunidad cristiana ofrece al mundo un mensaje de esperanza: la salvación está ya presente, y las fuerzas del mal vencidas por el poder de Cristo no podrán contrarrestar la acción salvadora de Jesús que la Iglesia anuncia al mundo (cf. 7, 14; 12, 9; 15, 3 4). La victoria sobre el mundo proviene de la fe (1 Jn 5, 4 5).
Por tanto, cuando hablamos del “mundo” -que también será entendido y llamado “realidad”, “historia”, “humanidad”, etc.-, estamos diciendo que es una realidad:
- “Asumida y salvada” por Cristo.
-  Para nosotros lugar teológico, en el que Dios se nos manifiesta y que a Dios se nos revela.
- Receptor de la Buena Noticia y, a la vez, cerrado a ella.
- Por todo esto, una realidad que nos manifiesta (“epi-fanía”) y esclarece ("dia-fanía”) a Dios  y, simultáneamente, pecadora y siempre necesitada de salvación.
2.- La encarnación: misterio de anonadamiento y de presencia
¿Por qué el mundo debe ser amado y no condenado? Porque Dios ama apasionadamente al mundo: “tanto amó Dios al mundo que envío a su Hijo” (Jn 3,16). Las primeras comunidades cristianas celebraban el acontecimiento Jesucristo como epifanía de la misericordia divina: “se manifestó la bondad de Dios nuestro salvador y su amor a los hombres”, “para todos apareció la gracia salvadora” (Tit 3,5; 2,11).
La historia de Jesucristo es autocomunicación gratuita de Dios en la humanidad, del Dios que se hizo carne (Jn 1,14a) en medio del mundo. “Sarx” no es igual a “cuerpo”, ni tampoco a “hombre”, dice relación a “hombre constituido en debilidad”. Por eso “contemplar la gloria de Dios en la carne” significa una percepción totalmente nueva de la divinidad capaz de todo lo verdaderamente humano (Cf. 1 Jn 1,14, 1,1-3) que se humaniza en  un “proceso de abajamiento”, de vaciamiento, saliendo de sí misma, recorriendo aquellos lugares en que los humanos sufren más el desamparo, quedando a merced de una libertad ambigua y capaz de matar al inocente, entregando la propia vida para que los demás puedan vivir.
“Siendo de condición divina, no retuvo ávidamente el ser igual a Dios. Sino que se despojó de sí mismo tomando condición de siervo haciéndose semejante a los hombres y apareciendo en su porte como hombre; y se humilló a sí mismo, obedeciendo hasta la muerte y muerte de cruz. Por lo cual Dios le exaltó y le otorgó el Nombre, que está sobre todo nombre. Para que al nombre de Jesús toda rodilla se doble en los cielos, en la tierra y en los abismos, y toda lengua confiese que Cristo Jesús es SEÑOR para gloria de Dios Padre” (Filp 2,6 1 l).
Este himno de san Pablo resume toda la historia de la encarnación; historia de la encarnación que supone anonadamiento y presencia humana, que supone actitud de servicio y obediencia hasta la cruz y finalmente, glorificación.
Dios entra en la historia a través de Jesús, asumiendo toda la pobreza y la fragilidad del hombre: probado en todo igual que nosotros, excepto en el pecado (Heb 4,15). El misterio de la encarnación se abre así a todos los gestos salvadores de Jesús; se abre a su palabra reveladora del Padre y se abre al misterio pascual de anonadamiento y glorificación. Hay incluso un anonadamiento que es el que estamos constantemente viviendo: el Cristo sacramental, Cristo anonadado bajo las especies eucarísticas.
Cristo se hace solidario de la suerte del hombre asumiendo la vida y la muerte, la fiesta y el dolor, el temor y la esperanza de los hombres. Cristo entra en la historia para ir comprendiéndola, salvándola, iluminándola. Asume la pobreza y la fragilidad haciéndose carne hasta tal punto que después de invitar a sus discípulos a no tener miedo: “no se turbe vuestro corazón” (Jn 14,1); después de asegurarnos que nuestra tristeza se convertirá en alegría (cf. Jn. 16,20) él mismo, en la oración del Huerto, comienza a tener miedo: “Y sumido en agonía, insistía más en su oración. Su sudor se hizo como gotas espesas de sangre que caían en tierra” (Lc. 22,44). Cristo asumió todo excepto el pecado.
La encarnación de Dios se ha realizado en una historia y en una cultura, su amor se ha concretado, por eso el mundo no puede ser lugar de paso, sino más bien espacio de misión, lugar teológico primordial donde Dios emerge escatológicamente y donde espera ser adorado, escuchado y obedecido.
Al tomar en serio la encarnación de Jesucristo, no podemos salvar al mundo desde fuera, desde la distancia, desde la lejanía, hemos de salvarlo desde:
a) Una opción de presencia.
- Asumiendo, como Jesús, todo lo que ha de ser salvado; no colonizando desde  lejos.

- Haciéndonos uno con y como los demás.

- Situándonos  en la vida desde el lugar del pobre.

- Más críticamente: “Pues no tenemos un sumo sacerdote, incapaz de compadecerse de nuestras debilidades; sino uno probado en todo igual que nosotros, menos en el pecado”.

- Siendo testigos en nuestros ambientes del amor del Padre.

b) Una opción de presencia gratuita.
- No cabe, pues, el proselitismo.

- Ni, menos, estar presentes en las instituciones, etc., a fin de conservar, al menos, parte del poder que nos han “quitado”.

c) Una opción de presencia gratuita, que hoy está en crisis.
 - Proliferación de grupos “espiritualistas” (en el peor sentido de la palabra).

 - Vuelta a los “cuarteles de invierno” y reducción de la fe al ámbito de lo privado.

 - Con todos estos, y otros muchos, posibles razonamientos; al final, la conclusión siempre es la misma: La encarnación es algo que algún día -cuando ya estemos muy equilibrados y preparados- llevaremos a cabo; es decir: nunca.

La Iglesia es la asamblea de los cristianos que vivimos dispersos y comprometidos en nuestras obligaciones de la vida de cada día (familia, trabajo, opciones de vida y aficiones) y que nos reunimos (“ecclesia”) para contemplar la presencia de Dios en los acontecimientos, compartir esta experiencia de fe y celebrarla en la mesa de la eucaristía, para dispersarnos de nuevo y ser testigos del amor y la gratuidad de Dios en el mundo.
3.- La Iglesia “en el mundo, para el mundo, al servicio del Reino”.
 La Iglesia, al estilo de Jesús, ha de encarnarse en el mundo estando al servicio del Reino de Dios.
Un primer rasgo esencial caracteriza la tarea de la Iglesia: el hecho de no existir para sí misma, sino al servicio de un plan divino que supera con mucho los límites del ámbito eclesial: el proyecto del Reino de Dios. El Reino es la nueva realidad de un mundo y una humanidad transformada y regida por el amor.
 El Reino de Dios es proyecto de liberación integral de una humanidad reconciliada y fraternal, realización de los valores que los hombres de siempre anhelan y sueñan: “reino de verdad y de vida, reino de santidad y de gracia, reino de justicia, de amor y de paz” (Misal Romano). La venida del Reino, esta utopía del corazón humano, constituye el anhelo y meta final de toda actividad de la Iglesia. Su realización trae consigo un cambio radical de las relaciones humanas y de los valores imperantes, con la superación de las injusticias y discriminaciones presentes en el mundo.
La Iglesia no es el Reino  de Dios, la Iglesia no se identifica con el Reino de Dios, Dios no cabe en la Iglesia. Dios es insondable y su amor es infinito y por lo tanto Dios, el único Dios que existe no cabe en ninguna religión ni en ninguna Iglesia. ¡Menos mal! Construir el Reino de Dios es poner el evangelio en medio de la vida, crear una sociedad más fraterna, eso es lo tenemos que hacer. Queremos que Dios reine en el corazón de las personas, en el de la sociedad, en los hogares. Y cuando reine allí no podrá reinar como un valor absoluto  ni el dinero ni el poder, ni la violencia, ni las armas, ni el sexo... Donde a Dios se le da el primer lugar todo lo demás se relativiza, todo tiene que estar al servicio de una sociedad más humana
 Esta es la tarea de la Iglesia, ser germen del Reino, “constituye en la tierra el germen y el principio de este reino” (LG 48). Ha de trabajar por el Reino, ser  “sacramento universal de salvación” (LG 48). La tarea de la Iglesia consiste en anunciar el Reino de Dios y, con la ayuda de Dios, realizarlo en la historia, con la mayor dilatación posible. La Iglesia constituye una mediación histórica providencial, pero sus fronteras no abarcan ni limitan la realización del Reino. De ahí que la evangelización no puede estar al servicio de la Iglesia, de su conservación o afirmación en el mundo, sino que se ve proyectada hacia un horizonte mucho más amplio: la venida y crecimiento de los valores del Reino: la comunión con Dios y con los hombres, la fraternidad, la libertad, la paz, la vida.
 La Iglesia, como porción del mundo, se proclama “sierva de la humanidad” (Pablo VI) y “camina con toda la humanidad, experimenta la suerte terrena del mundo, y su razón de ser es actuar como fermento y como alama de la sociedad, que debe renovarse en Cristo y transformarse en familia de Dios” (GS 49).
 La tarea de la Iglesia –el servicio del Reino- no puede limitarse a colaborar con los hombres de buena voluntad en la labor transformadora de la humanidad. Aun siendo verdad que los cristianos compartimos con todos la responsabilidad común en la construcción de un mundo mejor, en cuanto cristianos, nuestra misión específica es otra: poner de manifiesto qué tienen que ver esos problemas con el Evangelio de Jesús (o con la fe cristiana y sus valores) y qué tienen que aportar el Evangelio de Jesús y los cristianos  a la solución de los mismos.
Si la Iglesia está en el mundo para servicio del Reino de Dios, su misión es evangelizar. La Iglesia es para la misión, esto no se nos tiene que olvidar. Una de las cosas negativas es que estamos muy hacia adentro. La misión es tarea de todos. No olvidemos que el Espíritu está en toda la Iglesia y por eso la misión evangelizadora no es un deber de un grupo, es de todos. El sujeto de la acción evangelizadora es toda la comunidad eclesial. Todo el pueblo de Dios. Toda ella se tiene que sentir enviada. Yo como cura no tengo más obligación evangelizadora que vosotros. Lo tendré que hacer de otra manera, desde mi propia tarea, pero no tengo más responsabilidad. La misión evangelizadora consiste en hacer presente hoy en medio de la sociedad, en las personas, en los hogares, en el tejido social, en los problemas, los gozos, la vida, hacer presente la fuerza salvadora, la fuerza humanizadora, la fuerza esperanzadora que comenzó con Jesucristo. La misión que tiene la Iglesia de hacer presente la fuera salvadora del evangelio, de construir el Reino de Dios que es edificar una sociedad más humana, más liberada, más solidaria, más fraterna, todo lo que es misión de la Iglesia es tarea de todos, no es sólo de los curas.
 La Iglesia lleva a cabo esta misión en el mundo a través de las mediaciones o funciones eclesiales. Tradicionalmente se han clasificado estas funciones según el esquema de los “tres oficios” de Cristo: sacerdote, profeta y rey. Pero hoy los pastoralistas plantean que el ideal del Reino se hace visible en el mundo por medio de cuatro formas fundamentales de visibilidad eclesial:
- como Reino realizado en el amor y en el servicio fraterno (signo de la “Diaconía”);
- como Reino vivido en fraternidad y en la comunión (signo de la “Koinonía”);
- como Reino proclamado en el anuncio salvífico del Evangelio (signo de la “Martyría);
- como Reino celebrado en ritos festivos y liberadores (signo de la “Liturgia”)
De este modo, la Iglesia debe ser en el mundo el lugar por excelencia del servicio, la fraternidad, el anuncio y la fiesta, con referencia a cuatro aspectos antropológicos básicos: la acción, la relación, el pensamiento y la celebración.
4.- Relación Iglesia- Mundo, y contribución de la Iglesia al mundo
 Vemos cómo a raíz del Vaticano II, se ha pasado de una forma de “ser Iglesia” a otra forma de “serlo”; de una forma de “estar presente en la Iglesia” a otra forma de “estarlo”; de una forma de “actuar” a otra forma de “hacerlo”.
Ya en el siglo II la carta a Diogneto expresa bien claro cómo ha de desarrollarse al mismo tiempo la solidaridad de los cristianos con el mundo y su distinción. “Los cristianos, no se distinguen de los demás hombres ni por su tierra ni por su habla ni por sus costumbres, pero llevan un tenor de vida que resulta sorprendente para todos. Están en la carne pero no viven según la carne. Pasan el tiempo en la tierra, pero tienen su ciudadanía en el cielo. Aman a todos, pero son odiados y perseguidos. Bendicen cuando son vituperados, responden al mal con el bien. Para decirlo brevemente, lo que es el alma en el cuerpo, eso son los cristianos en el mundo. El alma se extiende por todos los miembros del cuerpo, y cristianos hay por todas las ciudades del mundo. Habita el alma en el cuerpo, pero no procede del cuerpo; así los cristianos habitan en el mundo, pero no son del mundo”
 De una manera diáfana constata la ambivalencia y ambigüedad del mundo, la paradoja y la tensión dialéctica entre ser "en el mundo pero no del mundo”.
Atendiendo a esta paradoja se ha de cuidar no caer en posturas excluyentes:
- la de afirmar de tal modo la trascendencia que se llegue a despreciar o condenar al mundo considerando a la Iglesia como realidad radicalmente distinta de él. Se llegaría así a la fuga mundi;
-  privilegiar de tal modo la inmanencia que convierta al mundo en criterio determinante de la realidad eclesial. De esta manera la Iglesia llegaría a mundanizarse, en nombre de la inmanencia, sacralizando el mundo, sin aportar lo específicamente cristiano. Se debe mantener el equilibrio para salvaguardar el valor propio de cada una de las magnitudes en cuestión.
La realización histórica de la Iglesia nos demuestra cómo ha predominado un aspecto sobre otro. Ha habido épocas en las que el mundo se afirma como el único ámbito de realización de la humanidad y por eso trata de dominar a la Iglesia, se enfrenta a ella y persigue todo lo cristiano. En cambio, al establecerse el régimen de cristiandad con la paz de Constantino, la Iglesia intenta absorber lo social y político hasta tal punto que el mismo poder civil es considerado como un ministerio de la Iglesia. La sociedad cristiana (cristiandad) llega a comprenderse como la ciudad de Dios y el Reino de Dios.
Veamos cuáles han sido los modelos existentes en la relación de la Iglesia con el mundo:
- El mundo en la Iglesia, modelo típico de la sociedad medieval, fuertemente unificada y dominada por la Iglesia y por los valores que ella impone.
- El mundo para la Iglesia, modelo según el cual las realidades temporales se organizan en función de los fines de la sociedad religiosa.
- La Iglesia y el mundo, modelo que implica una visión dualista: la Iglesia y el mundo como dos entidades autosuficientes, completas y contrapuestas, siempre en línea de confrontación entre ellas.
Sin embargo, el Concilio Vaticano II deja atrás su actitud frente o contrapuesta al mundo; está en el mundo y no fuera del mundo. Es una Iglesia en y para el mundo. Desde la teología de la creación, la Iglesia valora al mundo como lugar de la historia de la salvación. Es el ámbito donde debe ejercer su función pastoral. Reconoce la justa autonomía de las realidades terrenas, la política, la economía aportando lo que es propiamente suyo: la vocación última del mundo, aquello a lo que está llamado a ser en la consumación del Reino de Dios. Adopta una actitud de diálogo con la cultura y las religiones desde el reconocimiento de la parte de verdad que puede existir en ellas. Sin ser del mundo está en el mundo y para el mundo. Por eso no puede serle extraño nada de cuanto contribuya al logro de las aspiraciones justas y al desarrollo integral de la persona, dando un sentido más humano al hombre y a su historia (GS 40).
La Constitución GS sitúa en diálogo el Mundo y la Iglesia. El documento ofrece una nueva visión del mundo y de la Iglesia, justamente porque contempla el mundo como la manifestación de la Creación de Dios y, por tanto, lo presenta como primer signo o sacramento del amor de Dios y como “lugar teológico”:
- Es una Iglesia que  “camina con toda la humanidad, experimenta la misma suerte terrena del mundo y su razón de ser es actuar como alma y fermento de a sociedad”.
- Es una Iglesia caminante y en diáspora, que comparte el camino y la inseguridad de los hombres; que no considera ninguna realidad como patria propia; pero que, a la vez, ninguna patria le resulta extraña.
- Es una Iglesia que actúa en el mundo no para conservarse y crecer ella misma, sino para estimular el crecimiento del mundo, haciendo más humano y más conforme el proyecto liberador de Dios.
- Es una Iglesia que se considera a si misma “esclava del mundo”, servidora de la humanidad.
 Desde esta concepción, es necesaria:
a) Una actitud de diálogo
Se supera una concepción de Iglesia como sociedad perfecta, que se relaciona con el mundo desde el poder. Reconoce la justa autonomía de las realidades terrenas, la política, la economía aportando lo que es propiamente suyo: la vocación última del mundo, aquello a lo que está llamado a ser en la consumación del Reino de Dios. Adopta una actitud de diálogo con la cultura y las religiones desde el reconocimiento de la parte de verdad que puede existir en ellas. Sin ser del mundo está en el mundo y para el mundo.
Enviada al mundo como Cristo –no para condenar sino para salvar- La Iglesia ha de buscar la empatía con sus destinatarios o, de lo contrario, su testimonio quedará baldío: “No se salva al mundo desde fuera. Es necesario como el Verbo de Dios que se ha hecho hombre, hacerse una misma cosa, en cierta medida, con las formas de vida de aquellos a quienes se quiere llevar el mensaje de Cristo. Es preciso compartir, sin establecer distancias de privilegios o diafragmas de lenguaje incomprensible, las costumbres comunes, con tal de que sean humanas y honestas, especialmente y sobre todo las de los más pequeños, si queremos que se nos escuche y se nos comprenda. Es necesario, lo primero de todo, antes de hablar, escuchar la voz, más aún, el corazón del hombre; comprenderlo en cuanto sea posible, respetarlo y, donde lo merezca, secundarlo. Es necesario hacerse hermano de los hombres, en el momento mismo en que queremos ser pastores, padres y maestros” (Pablo VI, ES 80). Se requiere que la Iglesia se haga diálogo, mejor co-loquio: “La Iglesia debe entablar diálogo con el mundo, la Iglesia se hace mensaje. La Iglesia se hace coloquio” (ES 60).
Naturalmente, la actitud de diálogo exige conocer muy la bien la cultura actual: Es deber permanente de la Iglesia –dijeron los Padres conciliares- escrutar a fondo los signos de los tiempos, de forma que, acomodándose a cada generación, pueda responder a los perennes interrogantes de la humanidad sobre el sentido de la vida presente y de la vida futura y sobre la mutua relación entre ambas” (GS 4)
b) La independencia y la autonomía
El mundo tiene su dinámica, tiene sus leyes; la economía tiene sus leyes; el arte tiene sus criterios. La Iglesia no puede pretender subordinarlo todo. El Vaticano II ha insistido mucho en esto: que la Iglesia se quede en su sitio, que respete la autonomía y el valor propio que tienen las cosas, que  tiene la vida, que tiene el mundo.
Este cambio ha sido asumido por el Vaticano II. En él se afirma que la Iglesia por razón de su misión y de su competencia no se confunde con la comunidad política ni está atada a sistema político alguno, pero es signo y salvaguardia del carácter trascendente de la persona humana. Reconoce que tanto la comunidad política como la Iglesia son independientes y autónomas, cada una en su propio terreno.
La autonomía de las realidades terrenas no responde sólo a la exigencia de la sociedad actual sino a la voluntad del Creador. Toda la creación y la sociedad misma gozan de sus propias leyes, que el hombre ha de descubrir, emplear y ordenar paulatinamente. Pero no será auténtica autonomía si se pretende realizar y actuar al margen de Dios, sin referencia al Creador, pues la criatura sin el Creador se esfuma (GS 36). En cambio exige “poder predicar la fe con auténtica libertad, enseñar su doctrina sobre la sociedad, ejercer su misión entre los hombres sin traba alguna y dar su juicio moral, incluso sobre materias referentes al orden político, cuando lo exijan los derechos fundamentales de la persona o la salvación de las almas, utilizando todos y solos aquellos medios que sean conformes al Evangelio y al bien de todos según la diversidad de tiempos y situaciones... La misión de la Iglesia es fomentar y elevar todo cuanto de verdadero, de bueno y de bello hay en la comunidad humana, consolidar la paz en la humanidad para gloria de Dios” (GS 76).
c) La colaboración

En orden a alcanzar el bien común integral de la persona humana es indispensable la colaboración entre la comunidad política y la Iglesia. De ahí la necesidad primeramente del diálogo. Además se insta a los cristianos a tomar parte en las realidades políticas y sociales a fin de que, mediante su testimonio la Iglesia se haga presente en ellas y el mensaje evangélico pueda repercutir en las decisiones de la sociedad. Reconocer al mundo entraña colaborar en aquello que contribuye a un verdadero crecimiento humano. La Iglesia no tiene que tener miedo a colaborar con todos los hombres y mujeres de buena voluntad, con todo el que esté tratando de hacer un mundo mejor. La Iglesia lo único que tiene que pretender es echar una mano, colaborar, contribuir a una sociedad más humana. El Vaticano II utilizó muchísimo la palabra “diakonía”, servir. La Iglesia tiene que ser, no señora sino criada, la que entra en el mundo por la puerta de servicio, la que se pone a echar una mano y punto.
A la luz de esta enseñanza es difícil conciliar la actitud de algunos católicos en la actualidad: la de quienes defienden que la Iglesia debería imponer sus normas morales relativas a la vida social, incluso mediante la coacción de las leyes civiles, y en el otro extremo la de quienes estiman que la no confesionalidad del Estado y el reconocimiento de la legítima autonomía de las actividades seculares del hombre, exigen eliminar cualquier intervención de la Iglesia o de los católicos, inspirada por la fe, en los diversos campos de la vida pública. Cualquier actuación de esta naturaleza es descalificada y rechazada como una vuelta a los viejos esquemas confesionales y clericales.


5.- Tentaciones y posibles malentendidos.

 Los obispos vascos en su carta pastoral: El Laicado: identidad cristiana y misión eclesial, en el número 31 nos exponen cuáles pueden ser las tentaciones y posibles malentendidos en esta relación actual de la Iglesia con el mundo:

Una actitud positiva de diálogo con el mundo ayuda a evitar algunas tentaciones presentes en la vida de la Iglesia. La primera es el eclesiocentrismo, que consiste en colocar a la misma Iglesia en el centro de su preocupación y actuación. Siempre, pero sobre todo en esos casos, hay que recordar que la Iglesia no se anuncia a sí misma, sino al Señor y sus promesas de vida eterna.

Esta tentación puede presentar formas más sutiles y disimuladas. No está ausente cuando, por ejemplo, nos mostrarnos más preocupados por la organización de nuestros grupos y comunidades que por el anuncio del Evangelio a los alejados, y a los no creyentes y, en especial, a los pobres y necesitados, destinatarios preferentes de la Buena Noticia.
Solamente desde una postura individual y comunitaria de diálogo abierto y sincero con la cultura actual y con sus valores será posible superar el riesgo de caer en la tentación que denunciamos.

Similar a la anterior, puede ser también la tentación del clericalismo. Consiste en imaginar a la Iglesia competente para dictar al mundo lo que ha de hacer en los asuntos temporales, a partir de su conciencia de poseer una verdad trascendente, válida para todos y para siempre. El Concilio nos invita y nos urge a escuchar las voces que se elevan desde los diferentes ámbitos de la existencia, para acoger la verdad escondida en ellos. En este sentido, recuerda a la misma Iglesia «cuánto tiene continuamente que madurar todavía en el cultivo de su relación con el mundo».
Es tarea del Pueblo de Dios «auscultar, discernir e interpretar, con la ayuda del Espíritu Santo, los diferentes lenguajes de nuestro tiempo y juzgarlos a la luz de la palabra divina, para que la Verdad revelada pueda ser percibida más completamente, comprendida mejor y expresada más adecuadamente». Valores de la cultura actual, tales como la libertad y la participación en la vida social o la conciencia creciente de la dignidad y el papel de la mujer, no pueden ser ignorados por la Iglesia.
Este sincero reconocimiento de los valores humanos presentes en el mundo, que proceden también de Dios y de la acción de su Espíritu que opera en la humanidad, no nos impide ver con los ojos de la fe las deficiencias, los errores y las perversiones que se dan en todos los órdenes de la vida, como consecuencia de la debilidad humana, del olvido de Dios y de la soberbia de los hombres.

Finalmente, tampoco puede silenciarse el peligro cierto de confundir laicidad con laicismo, secularidad con secularismo, que ha llevado más de una vez a individuos y a grupos a relegar a la Iglesia al ámbito de lo puramente cultual y privado, y a rechazar cualquier relación de las realidades temporales con Dios y con el orden ético que deriva de la fe en Él. La pérdida de este horizonte de trascendencia puede llevar fácilmente a interpretar cualquier forma de presencia de la Iglesia en los asuntos temporales como una indebida injerencia, se trate de su magisterio doctrinal o de la pretendida actuación de los seglares, inspirada por su fe cristiana.

 Estas tentaciones, que enumeran los obispos vascos, pueden estar también presentes en el corazón de nuestra comunidad. Podemos caer en la tentación de mirarnos sólo a nosotros mismos, preocuparnos sólo de cómo funcionamos o estamos organizados, centrarnos sólo en nuestros problemas de pequeños grupos, o en las actividades que cada grupo organiza. Y no tener como horizonte de nuestra vida cristiana, de la misión que el Señor nos ha encomendado, anunciar y llevar la Buena Nueva a todos los hermanos, especialmente a los que están lejos, a los que viven al margen del evangelio. La preocupación y objetivo fundamental de nuestra comunidad ha de ser la acción misionera, estando menos preocupados por nosotros mismos, y más metidos en la pasión del Reino de Dios al servicio de un mundo al que hemos de humanidad y salvar. Por otra parte, aún podemos vivir con una idea muy clericalizada de la comunidad. Se posee una eclesiología muy jerarquizada. Pensamos que el cura es el que debe organizar y estar en todo, haciendo que todo el funcionamiento y la vida de la comunidad dependa de él. Nos cuesta asumir la responsabilidad y ministerialidad que cada cual posee. Incluso hay que decir que hay laicos y laicas que pierden, de alguna manera, su identidad laical y están actuando como un clero de segunda categoría. ¿Que quiero decir? Que a veces uno ve cómo la mentalidad, el lenguaje, los esquemas, las  preocupaciones, las formas de actuación de este laicado, son típicamente clericales. Hay laicos con una mentalidad más clerical que los mismos sacerdotes.
El Concilio Vaticano II y la reflexión posterior de Christifideles laici, están postulando que los adultos laicos en la Iglesia sean “laicos adultos” en la Iglesia y en el mundo. Se trata de pasar de ser meros colaboradores a ser corresponsables. Un mero colaborador participa solo en la ejecución de los proyectos. Un miembro corresponsable participa en la gestación, madura la decisión y colabora en la realización de lo proyectado. Y este laico adulto no está esperando a que el sacerdote le diga lo que tiene que hacer en cada momento, ni cómo ha de vivir cristianamente en su mundo. De su comunidad, de la Iglesia, han de recibir no consignas que interfieran su legítima autonomía, pero sí criterios y servicios que rieguen y motiven su compromiso cristiano.
El cristiano laico ha de estar en el mundo siendo luz y sal en él, implicándose en la renovación del mundo herido, aportando sus valores, criterios y opciones, discerniendo los signos de los tiempos, ofreciendo el evangelio de la esperanza y siendo profecía de un mundo nuevo. Leemos en el evangelio de Juan, que los discípulos después de la muerte de Jesús, estaban encerrados en el cenáculo: el miedo les hacía estar con las puertas cerradas (Jn. 20,19.). También hoy, muchos cristianos tienen miedos, recelos, prejuicios, ante lo que acontece en nuestro mundo. En medio de tanta increencia y secularismo, insolidaridad y desigualdad social se encuentra la tentación de huir de esta realidad, alejarnos de este mundo esperando a que lleguen tiempos mejores, llevando a cabo en la práctica el eslogan de “sálvese quien pueda”. Llegamos a sentir miedo y comenzamos a pensar que esta barca puede hundirse en medio del mar. Pero no se trata de tenerle miedo al mundo: "Confiad -nos dice el Señor-, yo he vencido al mundo" (Jn. 16,33), ni de huir de él, sino de estar en el mundo: "No te pido que los retires del mundo, sino que los guardes del mal” (Jn 17,15). Estar en este mundo como servidores, siguiendo los pasos de Jesús que se encarnó en la historia,  quiso hacerse el servidor de todos: "se despojó de sí mismo tomando la condición de siervo.”, y nos reveló que Dios es desbordante con los débiles, los pobres, los indefensos y desesperados.
Estamos llamados a estar en el corazón de todo lo humano, en el corazón de todo lo que acontece en nuestros pueblos y barrios, a evangelizar desde dentro y renovar la humanidad, la vida de nuestros pueblos y ciudades, desde nuestra presencia gratuita en todos los ámbitos.
TRABAJO EN GRUPO
- ¿Qué piensas de este mundo en el que ahora vivimos?, ¿cómo te sitúas ante él?
- ¿Te resulta fácil ver a tu alrededor indicios de la presencia de Dios? ¿Percibes su acción salvadora o más bien su ausencia?
- Cristo entra en la historia para asumirla, comprenderla, iluminarla y salvarla. ¿Cómo entras tú?
- ¿Qué ha significar para nuestra vida y para nuestra comunidad adoptar ante el mundo una actitud de servicio, diálogo y colaboración?, ¿podrías concretar cómo?
- ¿Identificarías en tu comunidad alguna de las tentaciones señaladas por los obispos vascos?
Canto:
Todos unidos formando un solo cuerpo,
un cuerpo que en la Pascua nació;
miembros de Cristo en sangre redimidos,
Iglesia peregrina de Dios.

Vive en nosotros la fuerza del Espíritu
que el Hijo desde el Padre envió,
El nos conduce, nos guía y alimenta,
Iglesia peregrina de Dios.

Somos en la tierra semilla de otro reino,
somos testimonio de amor.
Paz para las guerras y luz entre las sombras
Iglesia peregrina de Dios.

Rugen tormentas y a veces nuestra barca
parece que ha perdido el timón.
Miras con miedo, no tienes confianza,
Iglesia peregrina de Dios.

Una esperanza nos llena de alegría;
presencia que el Señor prometió.
Vamos cantando, El viene con nosotros,
Iglesia peregrina de Dios.
 
Todos nacidos en un solo bautismo,
unidos en la misma comunión.
Todos viviendo en una misma casa,
Iglesia peregrina de Dios.

Todos prendidos en una misma suerte,
ligados a la misma salvación
somos un cuerpo y Cristo es la Cabeza
Iglesia peregrina de Dios.