10 YO SOY QUIEN MUERE POR TI
Escrito por Administrador Lunes, 17 de Mayo de 2010 00:25
Tiempo de relajación.
Observa tu respiración: toma conciencia de cómo respiras... Deja que tu diafragma se relaje... Respira con calma... Al espirar puedes relajar tus piernas más y más... Espira... Suelta..., suelta tus piernas.... tus brazos..., tu tronco... y espalda..., tu cara... Espira de nuevo: a un tiempo vas relajando todo cuanto eres..., todo cuanto eres... Dentro de ti hay una fuerza oculta que no utilizas sino en parte muy pequeña... Conserva el sosiego y la calma...
No te inquietes si durante algún tiempo es un sosiego vacío... Espera, como quien mira al fondo de un pozo esperando la subida del agua... Tener sólo un poco de calma es un gran paso hacia adelante.
Observa de nuevo tu respiración: déjate llevar por este mar casi en calma... Observa tu cuerpo en reposo ahora eres paz.... apertura..., conciencia... Adéntrate cada vez más en ese espacio que se va ensanchando...
Tú no hagas nada. . ., solamente aceptas el Ser que se hace presente cada vez más... Mantente en calma todo el tiempo que quieras. Inspiras varias veces, aumentando la inspiración... Mueve tus manos..., tus pies..., y abre tus ojos. Mantente en un estado interior que no dependa de las circunstancias.
Pacificado y con serenidad exclamamos:
(Hemos puesto la cruz bien visible ante todos)
Todos:
Aquí estoy ante ti, callado y desconcertado;
Fascinado y atraído por tu presencia.
Aquí estoy asombrado ante el final de tu vida.
Aquí estoy, Señor Jesús, para orar contigo.
Esta tarde me brotan muchos porqués.
¿Por qué te callas y no tienes defensa propia?
¿Por qué te abandonan los tuyos a la hora de la verdad?
¿Por qué se calla el Padre?
Tú fuiste coherente, verdadero, hasta el fondo, contigo mismo;
Proclamaste la Buena Noticia a los pobres.
Tú pusiste la luz en lo alto que alumbrase a todos.
Tú sembraste por los caminos semillas de vida.
Tú miraste a los ojos del ser humano con un corazón limpio.
Tú dijiste que lo esencial es amar, amar siempre.
Tú buscaste lo mejor del ser humano.
Te pusiste al lado del pobre y del indefenso.
Tocaste la mano del marginado.
Acogiste con ternura a los más abandonados.
Llevaste por los caminos la alegría y la paz.
Dejaste un beso de ternura en todos los dolores.
¿Dónde has quedado el fuego del Reino
Que te quemaba por dentro?
¿Cómo es que has llegado hasta aquí?
¿Cómo estás tan abajo?
¿Dónde ha quedado la luz de tu mirada y la ternura de tus manos?
Aquí estoy ante ti, callado y desconcertado.
Sin entender del todo los porqués,
Pero abierto a tu Palabra, a tu misterio.
Dime, también en esta tarde tu palabra.
Dime, Señor, tu amor.
Animador:
En estos momentos, trata de adentrarte en el corazón de Jesús, en cuanto sentía y experimentaba ante tanta crueldad. Escucha su diálogo con el Padre:
“Dios mío sálvame, que me llega el agua hasta el cuello; me estoy hundiendo en un cieno profundo y no puede hacer pie: me he adentrado en aguas hondas, me arrastra la corriente. Estoy agotado de gemir, tengo ronca la garganta. Se me nublan los ojos de aguardar a Dios” (Sal 69)
Y Jesús seguía su doloroso diálogo con Dios:
“Por ti he aguantado afrentas, la vergüenza cubrió mis rostro. Soy un extraño para mis hermanos, un extranjero para los hijos de mi madre, porque me devora el celo de tu templo y las afrentas con que te afrentan caen sobre mí. Respóndeme por tu gran lealtad, por tu fidelidad que salva; arráncame del cieno, que no me hunda, líbrame de los que me aborrecen y de las aguas del fondo…; no escondas tu rostro a tu siervo; estoy en peligro, respóndeme en seguida” (Salomo 69)
Métete en el dolor de Jesús:
“Me acorrala una jauría de perros, me cerca una banda de malhechores, me taladran las manos y los pies y puedo contar mis huesos” (Salmo 22). “Soy como el agua que se derrama; tengo los huesos descoyuntados, mi corazón, como cera, se derrite en mis entrañas; mi garganta está seca como una teja, la lengua se me pega al paladar; me aprietan contra el polvo de la muerte” (Salmo 69)
Escucha sus palabras en la cruz:
“Ellos me miran triunfante, se reparte mi ropa, se sortean mi túnica” (salmo 22) “Espero compasión, y no la hay; consoladores, y no los encuentro. En mi comida echaron veneno amargo; para mi sed me dieron vinagre” (Salmo 69). “Me ven y se burlan de mí, hacen gestos, menean la cabeza: “Acudió al Señor, que lo ponga a salvo, que lo libre si tanto le quiere”.
Llegó el mediodía y con él cayó la oscuridad por toda la tierra hasta las tres de la tarde. Parecía el fin del mundo. Jesús sacó fuerzas de sabe Dios dónde para dar un grito desgarrador. En su lengua materna, el arameo, gritó: “Eloí, Eloñi, ¡lamá sabactani?” (Dios mío, Díos mío, ¿por qué me abandonas?). Se mantenía en oración a pesar de que la pregunta no tuviera más respuesta que el silencio del Padre.
Verlo en aquel tormento era insoportable. Y Jesús llegado al límite extremo, de donde ya no hay retorno, y lanzando un fuerte grito sin palabras, murió.
(Silencio)
Aquel grito quedó resonando en el corazón de todos los que le siguieron. Y el capitán romano, al ver todo aquello y cómo había muerto dando aquel grito, dijo: “En verdad que este hombre era Hijo de Dios. Haber sufrido lo que sufrió, experimentar su abandono y todavía mantenerse en diálogo con su Dios… sólo puede hacerlo quien de verdad sea su Hijo”.
Todos:
Tu grito, Señor traspasa nuestros oídos y se nos mete dentro.
¡Tú, dador del Agua vida, tienes sed!
Tu grito es el grito de muchos hombres y mujeres.
Desde todas las orillas repiten: ¡Tengo hambre!¡Tengo sed!
¡Necesito amor! ¡Busco la paz!
Nos quedamos, en silencio, con todos los sedientos.
Danos tu sed, danos tu amor.
Nos colocamos ante ti, Señor, en la tarde del amor,
Poneos nuestros secretos ante la luz de tu mirada.
Enséñanos a perdonar siempre, como Tú perdonas.
Que nazca en nuestro corazón la paz,
Que brote de él amor y perdón para todos.
Nos duele tu abandono,
Nos duele este porqué tuyo en la hora difícil.
A nosotros también nos brotan muchos porqués.
¡Hay tantas cosas que no entendemos!
A pesar de todo, te confías al Padre, lo invocas con cariño,
Puede más el amor que el odio,
La luz que las tinieblas.
Pones tu vida en las manos del Padre.
Sin aliento en tus pulmones, eres Vida.
Con los pies destrozados, eres Camino.
Con la palabra rota en la garganta, eres Verdad.
Tu locura de amor por nosotros continúa.
Adoración de la cruz:
Besamos ahora, Señor tu cruz, y en ella besamos todas las cruces que se alzan en el mundo de hoy, recordamos a todos los crucificados en nuestro mundo. Y también recordamos todas nuestras incoherencias, que provocan dolor y muerte.
Canto:
Se escucha la canción: Le mataron un día de madrugada (Ricardo Cantalapiedra.


