¿SE PUEDE SER TOLERANTES?

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¿SE PUEDE SER TOLERANTES?

En los últimos años, palabras como fundamentalismo, integrismo, tolerancia, etc., han adquirido una actualidad tal que las oímos en boca de periodistas, políticos, personalidades religiosas... Raro es el día que no las encontramos de una manera u otra en el diario. Y ello, si bien delata que la tolerancia como valor ha llegado a calar hondo en el hombre democrático, también muestra que está amenazada por múltiples peligros. La tolerancia está amenazada en la vida conyugal y familiar: malos tratos, hogares crispados y violentos, ausencia de diálogo, comparaciones entre hijos etc.; también está amordazada en la vida escolar: falta de respeto, de escucha, insultos, etc.; en la vida profesional suele estar amedrentada, y en la calle se detectan las consecuencias de la misma intolerancia: marginación, exclusión e incluso  violencia.

Con la democracia hemos optado por vivir en un mundo plural, con diversidad de ideologías, opiniones y religiones. Pero ¿no tendremos todos un cierto pánico a la pluralidad? La pluralidad aparece como el lugar de la incertidumbre. La mera existencia de otras opiniones cuestiona mis seguridades. ¿Es preciso, entonces, cerrar las puertas que me comunican con el exterior? En la pluralidad sólo pueden vivir hombres y mujeres maduros, que no se sienten amenazados en sus rasgos físicos y culturales y saben dar juego a la convivencia incluso en los ambientes y circunstancias más dispares

La pluralidad no puede darse sin la tolerancia. La persona tolerante es una persona madura que sabe adaptarse a la realidad de las personas y las cosas con un ánimo abierto y constructivo. No nacemos tolerantes; nos hacemos tolerantes. La tolerancia es fruto de un aprendizaje realizado en el taller de la vida cotidiana. Es en la vida familiar, escolar, profesional e institucional donde estamos llamados a crecer en la tolerancia, que ha de empezar por la aceptación de uno mismo. No puedo ser tolerante cuando no lo soy con mi propia persona, cuando no me amo a mí mismo, no me valoro como persona o no soy capaz de aceptar mis limitaciones y asumir mis propias debilidades. Decía Erich Fromm que “si es una virtud amar al prójimo como a uno mismo, debe serlo también –y no un vicio- que me ame a mí mismo, puesto que también yo soy una persona. No hay ningún concepto del hombre en el que yo no esté incluido”.

Hay, por tanto, un principio ético determinante que es necesario mantener para obtener un buen crecimiento en la tolerancia: el reconocimiento del valor absoluto de la persona. El principio se formularía del siguiente modo: “Trata a cada persona como algo absolutamente valioso y no como algo relativamente valioso; es decir, no la instrumentalices”. La persona tolerante sabe desarrollar en su vida este principio a través de otros valores y actitudes: el amor y el respeto, el diálogo y la flexibilidad, la apertura y la comprensión, la paciencia y el aguante, etc. La persona que quiere ser tolerante tiene que aprender a ponerse en el lugar del otro, amar lo diferente, hacer jerarquía de valores, conocerse a sí mismo, relativizar lo propio y lo ajeno, escuchar y valorar al otro, etc. Podemos decir que toda aquella pedagogía que busque puntos de intersección entre personas y culturas, todo aquello que haga ver que yo no acabo en mí mimo sino que me abro y me despliego en el otro, será una pedagogía pacificadora.

No hay duda que la intolerancia surge del hecho de creerse en posesión absoluta y perfecta de la verdad, en el miedo a la inseguridad, a lo diferente. Y necesitamos superarla a través de una educación que nos enseñe a valorar lo ajeno. Pero el trabajo a realizar no ha de incidir tanto en el conocimiento como en lo experiencial. Sólo la experiencia de que lo ajeno me enriquece, sólo la vivencia de lo otro como algo que me potencia y no me intimida, permitirá alcanzar la madurez. A esta experiencia se llegará a través del diálogo, que debe estar presidido por el deseo de cada interlocutor de presentarse ante el otro como uno es; de presentar toda su existencia, experiencia, conocimiento. La palabra de uno se coloca junto a la del otro desde la igualdad de los interlocutores, que deben ser sinceros ante sí mismos, persiguiendo la búsqueda de la verdad, sabiendo ceder cada uno a partir de sus posiciones iniciales, purificándolas o plenificándolas. La primera razón para ser tolerantes es que nadie tiene el punto de vista absoluto. Necesitamos de los demás. Ellos nos enriquecen porque su historia, sus experiencias, etc., les sitúan en una posición única.

Ahora bien, la tolerancia no está exenta de conflictos, de situaciones donde es necesario tener capacidad de aguante (“tolerancia” viene del latín tolerare, que significa soportar, sufrir...). Y no por ello hay que confundirla con ser débil de carácter, o bien, con personas que no tienen personalidad para saberse imponer y darse a respetar. Sólo quien tiene capacidad de aguante y de paciencia sabe vivir en la diferencia. Y esta capacidad viene del amor, que como dice el himno paulino “todo lo aguanta, sabe excusarlo todo, olvida el mal y perdona” (cf. 1 Cor. 13,5-7). Desde el amor se puede llegar incluso a la renuncia de los propios derechos o beneficios por el bien del otro.

Al llegar a este punto referente al  aguante y hasta la cesión de los propios derechos, podemos preguntarnos: ¿tiene límites la tolerancia? Habría que afirmar tres cuestiones. Primero: podemos tolerar errores que carecen de importancia. Segundo: hemos de tolerar y respetar siempre a la persona. Tercero: hemos de ser intolerantes con el Mal, no con “los malos”. Tolerancia no equivale a considerar válidas o permitir todas las posturas ni todos los actos. Sería un error pensar de esta manera. Pero, ¿dónde dice la tolerancia “basta”?. Hoy, podemos decir que el límite de la tolerancia está en el respeto de los derechos humanos. La legitimidad de estos derechos estiba en que no son particulares de un solo país sino que han sido aprobados por el conjunto de las Naciones Unidas. Así pues, debemos luchar contra la transgresión de los derechos fundamentales, y no debemos ser tolerantes con los intolerantes. Pero esto no quiere decir que la lucha contra la intolerancia pueda violar los derechos que pretende defender.

Aprendamos a ser tolerantes en nuestra ciudad, en colegios e institutos, en nuestros hogares y en nuestra comunidad parroquial. Extremadura se caracteriza por ser una región acogedora, por ser región abierta y universal. Nuestra pertenencia regional no debe confundirse con una cerrazón a la vocación universal y solidaria de un pueblo. Abramos nuestras puertas a otras culturas, a los hombres y mujeres de otros países. Abramos nuestro espíritu a la tolerancia y ante lo nuevo reaccionemos antes con asombro e interés que con miedo o temor.

 

Francisco Maya  Maya