VIII CREEMOS QUE JESÚS ES DIOS
Escrito por Administrador Lunes, 17 de Mayo de 2010 00:12
- EL DIOS DE JESÚS-
La fe en la divinidad de Jesús es precisamente la que nos ha llevado a querer conocer más profundamente su humanidad. Si Jesús no fuera Dios, no pasaría de ser un personaje histórico respetable, pero nada más. Pero el hecho de que aquel hombre extraordinario esté hoy vivo, resucitado y resucitándonos, es algo que nos toca en lo más íntimo de nuestro ser y nos llena de esperanzas. ¡Aquel íntimo de Dios es el mismo Dios hecho hombre! Esta verdad llenó de gozo a las primeras comunidades cristianas, gozo que hemos de tener también todos sus seguidores.
1.- Como ven las primeras comunidades a Jesús resucitado
La resurrección de Cristo ocupa el centro de la fe, del testimonio y de la reflexión de los primeros cristianos. El recuerdo de la vida y de la doctrina de Jesús, fielmente conservado por los discípulos a la luz de la fe pascual, impulsa a las primeras comunidades a profundizar en el misterio de su persona. Pero, como si fuera una luz deslumbrante, impide comprender de un solo golpe de vista la profundidad de este misterio. Poco a poco recorren un camino de continuos descubrimientos.
A semejanza de María, conservan todos sus recuerdos en el corazón (Lc 2,51), los meditan y los interpretan. Así va creciendo progresivamente su fe pascual. Seguramente la celebración de la Cena del Señor, memorial y repetición de un acontecimiento celosamente guardado, que actualizaba la presencia de Jesús, suscitaría expresiones de alabanza, de bendición, de acción de gracias. De este modo la oración se convertía en momento privilegiado para profesiones de fe cada vez más significativas.
El impacto de la resurrección empuja a los seguidores de Jesús a buscar nombres y títulos para tratar de expresar el “misterio” que intuyen ahora en él. La resurrección les obliga a pensar: ¿con quién se han encontrado realmente en Galilea? ¿Quién es este profeta que los ha seducido tanto con su vida y su mensaje? ¿Qué misterio se encierra en este hombre al que la muerte no ha podido vencer? ¿Cuál es la verdadera identidad de este crucificado al que Dios ha resucitado infundiéndole su propia vida? ¿Cómo lo tienen que llamar? ¿Cómo lo han de anunciar?
El misterio inefable que intuyen en Jesús no puede ser expresado solo con un nombre. Siempre les parece poco. Pronto circularán por las comunidades cristianas diversos títulos y nombres tomados del mundo cultural judío o de ámbitos más helenizados. Se puede hablar de más de treinta nombres, títulos y apelativos. A pesar de su variedad, no se observa ninguna sensación de dispersión o confusión. Todos los nombres se refieren a Jesús, el Profeta admirable que han conocido en Galilea, y todos son interpretados a la luz de su persona y su actuación: Jesús es “Señor”, pero un Señor que solo sabe “servir”, no dominar; es el “Mesías”, pero un Mesías crucificado, no un rey victorioso que destruye a sus adversarios.
Naturalmente, los cristianos siguen hablando de Jesús, que es el nombre con el que todos lo habían llamado siempre cuando vivía entre ellos. La reflexión sobre Jesús se va ensanchando desde la primera comunidad de Jerusalén hasta todas las comunidades que se van formando y celebran la Cena: Antioquía, Éfeso, Corinto, Roma... Desde respuestas tímidas y llenas de dudas van pasando a confesiones de fe cada vez más claras.
En este camino, que se va descubriendo progresivamente, las comunidades cuentan con el tesoro de las Escrituras, el Antiguo Testamento, que son releídas e interpretadas a la luz del acontecimiento absolutamente nuevo del Resucitado. El se convierte en la clave de lectura del Antiguo Testamento. Todos los grandes acontecimientos de la experiencia religiosa de Israel aparecen orientados hacia Jesús.
Jesús es visto cada vez con más fuerza como “el esperado” de Israel, “el Cristo”, a quien Dios ha confirmado y lo ha exaltado “a su derecha”.
Con imágenes sacadas de la Biblia tratan de comunicar las ricas experiencias vividas junto a Jesús. Pero no hay imagen que logre expresar el misterio manifestado en él. Por eso las imágenes se sobreponen unas a otras, sin que lleguen nunca a abarcar por completo el misterio del Resucitado. Cada nuevo descubrimiento ilumina un aspecto de la verdad, pero ninguno la revela completamente. Así van dando a Jesús nombres y títulos ricos de doctrina y de significado: Mesías, Cristo, Señor, Salvador, Imagen de Dios invisible, Primogénito de la nueva creación, Cordero de Dios, Hijo de Dios, Palabra hecha hombre. Son títulos que expresan la substancia del misterio revelado en Jesús, sin que lleguen a abarcarla del todo.
Ven cómo Adán no es sino una “figura del que había de venir” (Rm 5,14): Cristo es “el nuevo Adán”. Jesús es el que realiza el nuevo éxodo, el paso de la muerte a la vida. En él se cumple la Alianza definitiva entre Dios y los hombres. El es “el nuevo Moisés” (Heb 3). Aquellas comunidades van descubriendo que Jesús es el centro de la historia de la salvación. Desde el principio todo habla de él, se orienta hacia él; todo espera ser recapitulado por él y en él.
Pocos decenios después de la muerte de Jesús aquellas comunidades sintieron la necesidad de poner por escrito la vida y la doctrina de Jesús, a la luz de su creciente fe pascual. Y así fue naciendo el Nuevo Testamento, bajo la inspiración del Espíritu de Jesús. Cada autor bíblico se sintió llamado a hablar de Jesús teniendo en cuenta la mentalidad y el lenguaje de los diferentes pueblos a los que se dirigían. Y cada uno interpretó a Jesús según la fe de las comunidades en que vivían. Por eso, según la diversidad de ambientes, expresan el misterio de Cristo con una cierta diferencia. Lo veremos más detalladamente en los apartados siguientes.
Los evangelistas no escribieron una historia científica de Jesús, tal como entendemos hoy la historia. Ellos estaban más preocupados por ayudar a crecer la fe de sus comunidades, que por conseguir precisión de hechos históricos. Escribían desde su condición de creyentes en el Crucificado-Resucitado, y para creyentes en él. Por eso no hay que extrañarse cuando le hacen decir a Jesús afirmaciones que realmente él durante su vida mortal quizás no llegó nunca a decir. Pero desde su fe, inspirados por el Espíritu Santo, así interpretan ellos, con toda verdad, el significado de la vida y las palabras del Jesús histórico. Esa es la realidad del Cristo pascual, viviente, actuando en ellos.
Tenemos que afirmar, pues, que en el Nuevo Testamento hay diferentes interpretaciones de Jesús. Y cuanto antes aprendamos a respetar estas diversas cristologías de los autores neotestamentarios, tanto mejor los comprenderemos. Hay que aprender a respetar las diferencias existentes entre el Jesucristo de Pablo, el Señor y Salvador de Lucas y la Palabra-hecha-carne de Juan. No es igual el Jesús de Mateo, que el que presenta la carta a los Hebreos o el Apocalipsis. Son como diferentes retratos de Jesús esbozados por las primeras comunidades cristianas, que conservamos como patrimonio para alimentar nuestra fe. Estas cristologías inspiradas son la norma definitiva para hacer germinar la fe en Jesucristo a través de todos los tiempos. Nosotros hemos de proseguir, según la problemática de fe de nuestro tiempo, la misma línea de los primeros cristianos. Ellos abrieron el camino. Y tras ellos, apoyados siempre en ellos, seguimos todos los que creemos que Jesús es el Hijo de Dios, nuestro Salvador y Redentor.
2.- Conocer a Dios desde Jesús.
En estos tiempos de profunda crisis religiosa no basta creer en cualquier Dios; necesitamos discernir cuál es el verdadero. No es suficiente afirmar que Jesús es Dios; es decisivo saber qué Dios se encarna y se revela en Jesús. Solo podemos conocer lo que es Dios a través de Jesús: “El que me ve a mí, está viendo al Padre” (Jn 14,9). Y el Dios que anuncia Jesús no es un Dios distante, está en la intimidad del hombre (Mt 6,6); no es un Dios que castiga, sino que usa misericordia (Mt 18,27); no actúa como juez, sino que viene en ayuda (Mt 18,12-14); no domina, sino que promociona al hombre (Jn 13,12-15).
Me parece muy importante reivindicar hoy, dentro de la Iglesia y en la sociedad contemporánea, el auténtico Dios de Jesús, sin confundirlo con cualquier “dios” elaborado por nosotros desde miedos, ambiciones y fantasmas que tienen poco que ver con la experiencia de Dios que vivió y comunicó Jesús. ¿No ha llegado la hora de promover esa tarea apasionante de “aprender”, a partir de Jesús, quién es Dios, cómo es, cómo nos siente, cómo nos busca, qué quiere para los humanos?
Jesús es “Dios con nosotros”. Es el Hijo eterno de Dios, que sin dejar de ser Dios se hizo hombre por nosotros en el seno de María por obra del Espíritu Santo. Ha venido a nosotros y nos ha manifestado más claramente el rostro de Dios. Ver a Jesús es ver a Dios; oír y palpar a Jesús es oír y palpar a Dios (1 Jn 1,1); experimentar a Jesús es experimentar a Dios mismo. Por eso Jesús puede ser considerado verdaderamente como el sacramento por excelencia, puesto que él es la realidad única que puede expresar con verdad lo que es Dios y porque sólo él puede asumir totalmente lo que en el hombre hay o puede haber de experiencia de Dios.
En Jesús de Nazaret muerto y resucitado, Dios y el hombre se encuentran en unidad profunda, sin división y sin confusión: por el hombre-Jesús se va a Dios y por el Dios-Jesús se va al hombre; Jesucristo es el camino.
Jesús es el sacramento vivo de Dios, que contiene, significa y comunica el amor de Dios para con todos. Sus gestos, sus acciones, sus palabras, hacen visible a Dios a través de su inagotable capacidad de amor, su renuncia a toda voluntad de poder y de venganza, su identificación con todos los marginados del orden de este mundo. Quien ve y contempla con ojos limpios a Jesús, entenderá todo lo que se puede entender de Dios en este mundo. “El es imagen de Dios invisible” (Col 1,15); el único que con toda verdad puede darlo a conocer (Jn 1,18).
La atrevida petición de Felipe: “Señor, preséntanos al Padre; con eso nos basta” (Jn 14,8), expresa la más profunda aspiración de la humanidad en busca de Dios. Y la respuesta de Jesús asegura que esta aspiración ya puede ser colmada: “Quien me ve a mí, está viendo al Padre” (Jn 14,9). Este es el único “camino” para poder conocer y llegar a Dios.
Qué alegría se despertaría en muchos si pudieran intuir en Jesús los rasgos del verdadero Dios. Cómo se encendería su fe si captaran con ojos nuevos el rostro de Dios encarnado en Jesús. Dios existe, y se parece a Jesús. Su manera de ser, sus palabras, sus gestos y reacciones son detalles de la revelación de Dios. Se ve enseguida que, para Jesús, Dios no es un concepto, sino una presencia amistosa y cercana que hace vivir y amar la vida de manera diferente. Jesús le vive como el mejor amigo del ser humano: el “Amigo de la vida”. No es alguien extraño que, desde lejos, controla el mundo y presiona nuestras pobres vidas; es el Amigo que, desde dentro, comparte nuestra existencia y se convierte en la luz más clara y la fuerza más segura para enfrentamos a la dureza de la vida y al misterio de la muerte.
Lo que más le interesa a Dios no es la religión, sino un mundo más humano y amable. Lo que busca es una vida más digna, sana y dichosa para todos, empezando por los últimos. Lo dijo Jesús de muchas maneras: una religión que va contra la vida, o es falsa, o ha sido entendida de manera errónea. Lo que hace feliz a Dios es vernos felices, desde ahora y para siempre. Esta es la Buena Noticia que se nos revela en Jesucristo: Dios se nos da a sí mismo como lo que es: Amor.
Jesús experimenta y concibe a Dios como puro amor. Tal es la formulación de Juan y su escuela. Según este evangelista la gloria y la riqueza de Dios es precisamente un amor al hombre sin límite y sin fallo (Jn 1,14: “amor y lealtad”); “Dios es Espíritu”, es decir, amor activo (Jn 4,24), y la primera carta de Juan afirma rotundamente que “Dios es amor” (1 Jn 4,8).
3.- ¿Cómo es el Dios que nos revela Jesús?
Ya en el curso anterior tratamos de esclarecer cómo hay imágenes de Dios, que no se corresponden con el Dios revelado en Jesús. Pudimos constatar aquello de: “Dime cómo es tu Dios, y te diré como es tu visión del mundo. Dime cómo es tu visión del mundo, y te diré como es tu Dios”.
Veamos detenidamente la fisonomía de Dios que va trazando la experiencia de Jesús.
3.1.- Dios es Padre
Jesús vive desde la experiencia de un Dios Padre. Así lo capta en sus noches de oración y así lo vive a lo largo del día. Su Padre Dios cuida hasta de las criaturas más frágiles, hace salir su sol sobre buenos y malos, se da a conocer a los pequeños, defiende a sus pobres, cura a los enfermos, busca a los perdidos. Este Padre es el centro de su vida.
Desde tiempos remotos, los judíos daban a Dios el nombre de “Yahvé”, para diferenciarlo de los dioses de otros pueblos. Así dice Miqueas, profeta judío entre los años 738-693 a. C.: “Todos los pueblos caminan cada uno en nombre de sus dioses, pero nosotros caminamos en el nombre de Yahvé, nuestro Dios, por siempre jamás” (4,5).Sin embargo, después del destierro, este nombre empezó a emplearse cada vez menos. “Señor” (Kyrios) era un título divino muy arraigado en el judaísmo helenista del siglo I. Sin embargo, Jesús apenas recurrió a este término. Al parecer no ponía el acento en el señorío de Dio. En la conversación ordinaria se utilizaban expresiones como “los Cielos”, “el Poder”, “el Lugar”, “el que habita en el Templo”, “el Señor”. También Jesús, como todo el pueblo, recurre a este lenguaje, pero no es su rasgo más característico. Lo que le nace de dentro es llamarle “Padre”.
No es algo absolutamente original. Ya en las Escrituras de Israel se habla de Dios como “padre” en sentido metafórico para destacar su autoridad, que exige respeto y obediencia, pero ante todo su bondad, solicitud y amor, que invitan a la confianza. Esta imagen de Dios como “padre” no es central. Es una más junto a las de Dios “esposo”, “pastor” o “liberador”. Jesús sabe que la tradición bíblica considera las relaciones de Dios con Israel como las de un padre con sus hijos. Algunas oraciones recogidas en el libro de Isaías son conmovedoras: “Señor, tú eres nuestro padre, nosotros somos la arcilla y tú el alfarero, somos todos obra de tus manos” (Isaías 64,7).
Esta visión de Dios como “padre” no se perdió nunca entre los judíos. A Jesús le gusta llamar a Dios “Padre”. Le brota de dentro, sobre todo cuando quiere subrayar su bondad y compasión. . Todas las fuentes, concluyen que la costumbre de Jesús de llamar a Dios Padre está firmemente atestiguada en la tradición de Marcos (11,25; 14,36) y en la fuente Q (Lucas 6,36; 10,21; 11,2; 11,13; 12,30; Mateo 5,45).
Pero, sin duda, lo más original es que, al dirigirse a Dios, lo invocaba con una expresión desacostumbrada. Lo llamaba Abbá. Le vive a Dios como alguien tan cercano, bueno y entrañable que, al dialogar con él, le viene espontáneamente a los labios solo una palabra: Abbá, Padre mío querido. Abbá tiene su origen en el lenguaje infantil, pero se usaba también como forma solemne y adulta de dirigirse a alguien. Este es el rasgo más característico de su oración. No encuentra una expresión más honda para llamar a Dios que esta: Abbá. Esta costumbre de Jesús provocó tal impacto que, años más tarde, en las comunidades cristianas de habla griega, dejaban sin traducir el término arameo Abbá como eco de la experiencia personal vivida por Jesús. Así podemos leer en dos cartas de Pablo de Tarso (Gálatas 4,6). Romanos 8,15). Este modo de tratar con Dios no es convencional. Nace de su experiencia más íntima y se distancia del tono solemne con que, por lo general, sus contemporáneos se dirigen a Dios, acentuando la distancia y el temor reverencial.
Las primeras palabras que balbuceaban los niños de Galilea eran: immá (“mamá”) y abbá (“papá”). Así llamó también Jesús a María y a José. Por eso, abbá evoca el cariño, la intimidad y la confianza del niño pequeño con su padre. Sin embargo, no hemos de exagerar. Al parecer, también los adultos empleaban esta palabra expresando su respeto y obediencia al padre de la familia patriarcal. Llamar a Dios Abbá indica cariño, intimidad y cercanía, pero también respeto y sumisión. El cariño que evoca el término abbá usado por Jesús no se opone al respeto, sino a la distancia. Indica cercanía e inmediatez, pero no excluye el respeto y la obediencia.
Jesús había conocido en su propia casa la importancia del padre. José era el centro de toda la familia. Todo gira en torno a él. El padre cuida y protege a los suyos. Si falta él, la familia corre el riesgo de desintegrarse y desaparecer. Es él quien sostiene y asegura el futuro de todos. Hay dos rasgos que caracterizan a un buen padre. El primero es la solicitud por sus hijos: es él quien debe asegurarles el sustento necesario, protegerlos y ayudarles en todo. Al mismo tiempo, el padre es la autoridad de la familia: él da las órdenes para organizar el trabajo y asegurar el bien de todos. Él instruye a sus hijos, les enseña un oficio y los corrige si es necesario. Los hijos, por su parte, están llamados a ser la alegría del padre. Su primera actitud ha de ser la confianza: ser hijo es pertenecer al padre y acoger con gozo lo que recibe de él. Al mismo tiempo han de respetar su autoridad de padre, escucharle y obedecer sus órdenes. Al padre se le debe afecto y sumisión. El ideal de todo hijo es él. Esta experiencia familiar ayuda a Jesús a profundizar en su experiencia de un Dios Padre.
3.2.- El Padre bueno de Jesús
Sin embargo, nunca confundió a Dios con aquellos padres de Galilea, tan preocupados por mantener su autoridad patriarcal, su honor y su poder. Es cierto que en ocasiones habla de Dios como un Padre que reclama obediencia y respeto, pero no es este su rasgo más característico. Jesús vive seducido por su bondad. Dios es bueno. Jesús capta su misterio insondable como un misterio de bondad. No necesita apoyarse en ningún texto de las Escrituras sagradas. Para él es un dato primordial e indiscutible, que se impone por sí mismo. Dios es una Presencia buena que bendice la vida. La solicitud amorosa del Padre, casi siempre misteriosa y velada, está presente envolviendo la existencia de toda criatura.
Lo que define a Dios no es su poder, como entre las divinidades paganas del Imperio; tampoco su sabiduría, como en algunas corrientes filosóficas de Grecia. La realidad última de Dios, lo que no podemos pensar ni imaginar de su misterio, Jesús lo capta como bondad y salvación. Dios es bueno con él y es bueno con todos sus hijos e hijas. Lo más importante para Dios son las personas; mucho más que los sacrificios o el sábado. Dios solo quiere su bien. Nada ha de ser utilizado contra las personas, y menos aún la religión.
Este Padre bueno es un Dios cercano. Su bondad está ya irrumpiendo en el mundo bajo forma de compasión. Jesús vive esta cercanía amorosa de Dios con asombrosa sencillez y espontaneidad. Jesús invita a vivir confiando en el Misterio inefable de un Dios bueno y cercano: “Cuando oréis, decid: "¡Padre!"“ (Lucas 11,2). En Mateo 6,6 se recoge esta recomendación de Jesús: “Tú, cuando ores, entra en tu habitación, cierra la puerta y ora a tu Padre, que está en lo secreto”. Este Dios cercano busca a las personas donde están, incluso aunque se encuentren perdidas, lejos de la Alianza de Dios.
Este Dios es bueno con todos. “Hace salir su sol sobre buenos y malos. Manda la lluvia sobre justos e injustos”. (Salmo 103,13). Dios no es propiedad de los buenos; su amor está abierto también a los malos. El Dios-amor no es solamente bueno, sino exclusivamente bueno. Es un Dios puramente positivo, sin rasgo negativo, sin ninguna ambigüedad. Así lo expresa la primera carta de Juan: “Dios es luz, y en él no hay tiniebla alguna” (1 Jn 1,5). La presencia y manifestación de Dios son causa de seguridad y alegría, pues, siendo amor, sólo desea potenciar y vivificar al hombre.
Este no es el Dios vigilante de la ley, atento a las ofensas de sus hijos, que le da a cada uno su merecido y no concede el perdón si antes no se han cumplido escrupulosamente unas condiciones. Este es el Dios del perdón y de la vida; no hemos de humillamos o autodegradarnos en su presencia. Al hijo no se le exige nada. Solo se espera de él que crea en su padre. Cuando Dios es captado como poder absoluto que gobierna y se impone por la fuerza de su ley, emerge una religión regida por el rigor, los méritos y los castigos. Cuando Dios es experimentado como bondad y misericordia, nace una religión fundada en la confianza. Dios no aterra por su poder y su grandeza, seduce por su bondad y cercanía. Se puede confiar en él. Lo decía Jesús de mil maneras a los enfermos, desgraciados, indeseables y pecadores: Dios es para los que tienen necesidad de que sea bueno.
3.3.- Un Padre con entrañas de madre.
Ya en el Antiguo Testamento Yahvé se revela como un “padre con entrañas de madre” en Is. 49,15: “¿Acaso olvida una mujer a su niño de pecho, sin compadecerse de del hijo de Zeus entrañas? Pues aunque esas lleguen a olvidas, yo no te olvido”; y sobre todo Is. 66,13: “Como aquel a quien su madre consuela, así os consolaré yo”.
Este Dios con entrañas de misericordia de madre se revela en Jesús con total sensibilidad ante la suerte de los hombres. Los sinópticos describen la reacción de Jesús con un verbo de sentimiento, “conmoverse”. Jesús se conmueve ante la marginación extrema a que la sociedad judía condenaba en nombre de Dios, a los que consideraban “impuros”; responde a la Ley que sancionaba la marginación, privando a ésta de su fundamento. Con toda su actuación niega que pueda utilizarse el nombre de Dios para marginar a ningún ser humano y afirma que su labor, como la de Dios mismo, tiende a suprimir todo estado de marginación impuesto por la sociedad religiosa o civil (Mc. 1, 39-45).
En diferentes textos evangélicos vemos la misma reacción de Jesús: ante las multitudes, que andaban descarriadas (Mt 9,36); ante las multitudes hambrientas (Mc. 6,34); ante el cortejo fúnebre que sale del pueblo de Nain (Lc. 7,11-16); ante los dos ciego de Jericó (Mt. 20,29-34), etc. En todos estos textos se confirma que la ternura de Jesús es la propia del Dios- amor, con entrañas de misericordia de madre, que ante la vuelta de su hijo pródigo se conmueve: “salió corriendo, se le echó al cuello y lo cubrió de besos” (15, 20).
Con Jesús de Nazaret “se hizo visible la bondad de Dios y su amor por los hombres” (Tit 3,4). El mostró con su vida que Dios es ternura y solidaridad para con todos.
El Dios de Jesús es como un padre-madre inconsecuente en su conducta, que abraza y perdona al hijo bandido que vuelve a casa después de haber malgastado la fortuna familiar, sin exigirle ni siquiera unas promesas de arrepentimiento y corrección. Es el Dios “loco” que perdona a la mujer adúltera sin exigirle primero mil penitencias y promesas de enmienda. Es el Dios contrario a la religión oficial, pues no acepta al fariseo que llena su vida con piedades, limosnas y rezos, pero en cambio declara salvado al desgraciado publicano que, lleno de vergüenzas y pecados, a distancia se atrevía a repetir ante Dios la lista de sus propias miserias. Todo ello sólo se entiende si aceptamos que el Dios de Jesús es el Dios del amor. El sabe que con el perdón comienza a hacer germinar una nueva vida en sus hijos.
El perdón es la auténtica fuerza represiva del mal en el mundo. Jesús no sólo habló del perdón de Dios. El mismo supo dar ejemplo de perdón. En primer lugar él confesó con toda claridad que no había “venido a invitar a justos, sino a pecadores, a que se arrepientan” (Lc 5,32). Jesús perdonó los pecados de toda persona de corazón arrepentido que encontró a su paso; como a la mujer sorprendida en adulterio (Jn 8,11), a un pobre paralítico que le llevaron para que lo curara (Mc 2,5-11), o a una pecadora pública (Lc 8,48). A la hora de su muerte excusó y perdonó a los que tan injustamente le estaban torturando: “Padre, perdónalos, que no saben lo que hacen” (Lc 23,34).
Jesús encarna el amor y el perdón del Dios con entrañas de misericordia de madre, siendo él mismo bueno y misericordioso para con todos, particularmente para con los desechados religiosamente y desacreditados socialmente. Así concreta él el amor del Padre- Madre Dios dentro de su vida.
3.4.- El Dios de la vida
Jesús no puede pensar en Dios sin pensar en su proyecto de trasformar el mundo. No separa nunca a Dios de su reino. No lo contempla encerrado en su propio mundo, aislado de los problemas de la gente; lo siente comprometido en humanizar la vida. Los sacerdotes de Jerusalén lo vinculan al sistema cultual del templo; los sectores fariseos lo consideran fundamento y garantía de la ley que gobierna a Israel; los esenios de Qumrán lo experimentan como inspirador de su vida pura del desierto. Jesús lo siente como la presencia de un Padre bueno que se está introduciendo en el mundo para humanizar la vida. En realidad, Jesús no habla de Dios, sino del reino de Dios. En el fondo de su experiencia religiosa hay un cambio decisivo de acento: Dios es para los hombres, y no los hombres para Dios.
Por eso, para Jesús, el lugar privilegiado para captar a Dios no es el culto, sino allí donde se va haciendo realidad su reino de justicia entre los hombres. Jesús capta a Dios en medio de la vida y lo capta como presencia acogedora para los excluidos, como fuerza de curación para los enfermos, como perdón gratuito para los culpables, como esperanza para los aplastados por la vida.
Este Dios es un Dios del cambio. Su reino es una poderosa fuerza de trasformación. Su presencia entre los hombres es incitadora, provocativa, interpeladora: atrae hacia la conversión. Dios no es una fuerza conservadora, sino una llamada al cambio: “El reino de Dios está cerca; cambiad de manera de pensar y de actuar, y creed en esta buena noticia”. . No es el momento de permanecer pasivos. Dios tiene un gran proyecto. Hay que ir construyendo una tierra nueva, tal como la quiere él. Se ha de orientar todo hacia una vida más humana, empezando por aquellos para los que la vida no es vida. Dios quiere que rían los que lloran y que colman los que tienen hambre: que todos puedan vivir.
Para Jesús, la voluntad de Dios no es ningún misterio: consiste en que todos lleguen a disfrutar la vida en plenitud. En ninguna parte encontraremos mejor “aliado” de nuestra felicidad que en Dios. Cualquier otra idea de un Dios interesado en recibir de los hombres honor y gloria, olvidando el bien y la dicha de sus hijos e hijas, no es de Jesús. A Dios le interesa el bienestar, la salud, la convivencia, la paz, la familia, el disfrute de la vida, el cumplimiento pleno y eterno de sus hijos e hijas.
Por eso, Dios está siempre del lado de las personas y en contra del mal, el sufrimiento, la opresión y la muerte. Jesús acoge a Dios como una fuerza que solo quiere el bien, que se opone a todo lo que es malo y doloroso para el ser humano y que, por tanto, quiere liberar la vida del mal. Así lo experimenta y así lo comunica a través de su mensaje y de su actuación entera. Jesús no hace sino luchar contra los ídolos que se oponen a este Dios de la vida y son divinidades de muerte. Ídolos como el Dinero o el Poder, que deshumanizan a quienes les rinden culto y exigen víctimas para subsistir. La fe en Dios lo empuja a ir directamente a la raíz: la defensa de la vida y el auxilio a las víctimas. Esta fue siempre su trayectoria.
Su actividad curadora está inspirada por ese Dios que se opone a todo lo que disminuye o destruye la integridad de las personas. A Dios le interesa la salud de sus hijos e hijas. El sufrimiento, la enfermedad o la desgracia no son expresión de su voluntad; no son castigos, pruebas o purificaciones que Dios va enviando a sus hijos. Es inimaginable encontrar en Jesús un lenguaje de esta naturaleza. Si se acerca a los enfermos, no es para ofrecerles una visión piadosa de su desgracia, sino para potenciar su vida. Aquellos ciegos, sordos, cojos, leprosos o poseídos pertenecen al mundo de los “sin vida”. Jesús les regala algo tan básico y elemental como es caminar, ver, sentir, hablar, ser dueños de su mente y de su corazón. Esos cuerpos curados contienen un mensaje para todos: Dios quiere ver a sus hijos llenos de vida.
Es lo que revela también su defensa de los últimos. Jesús se distancia de los ricos y poderosos, que generan hambre y miseria, para solidarizarse con los desposeídos. Los ricos están creando una barrera entre ellos y los pobres: son el gran obstáculo que impide una convivencia más justa. Esa riqueza no es signo de la bendición de Dios, pues está creciendo a costa del sufrimiento y la muerte de los más débiles. Jesús no tiene duda alguna: la miseria es contraria a los planes de Dios. El Padre no quiere que se introduzca muerte entre sus hijos. Solo una vida digna para todos responde a su voluntad primigenia.
Jesús se posiciona también a favor de los excluidos. No puede ser de otra manera. Su experiencia de Dios es la de un Padre que tiene en su corazón un proyecto integrador donde no haya honorables que desprecien a indeseables, santos que condenen a pecadores, fuertes que abusen de débiles, varones que sometan a mujeres. Dios no bendice los abusos y las discriminaciones, sino la igualdad fraterna y solidaria; no separa ni excomulga, sino que abraza y acoge. Frente al “bautismo” de Juan, acto simbólico de una comunidad que espera a Dios en actitud penitente de purificación, Jesús promueve su “mesa abierta” a pecadores, indeseables y excluidos como símbolo de la comunidad fraterna que acoge el reino del Padre.
Su experiencia de Dios empuja también a Jesús a desenmascarar los mecanismos de una religión que no está al servicio de la vida. No se puede justificar en nombre de Dios que alguien pase hambre pudiendo esta ser saciada (Marcos 2,23-27); no se puede dejar a alguien sin ser curado porque así lo pide la supuesta observancia del culto. Para el Dios de la vida, ¿no será precisamente el sábado el mejor día para restaurar la salud y liberar del sufrimiento? ((Marcos 3,1-6; Lucas 13,10-16). Una religión que va contra la vida es falsa; no hay leyes de Dios intangibles si hieren a las personas, ya de suyo tan vulnerables. Cuando la ley religiosa hace daño y hunde a las personas en la desesperanza, queda vacía de autoridad, pues no proviene del Dios de la vida. La posición de Jesús quedó grabada para siempre en un aforismo inolvidable: “El sábado ha sido instituido por amor al hombre, y no el hombre por amor al sábado” (Marcos 2,27).
Movido por este Dios de la vida, Jesús se acerca a los olvidados por la religión. El Padre no puede quedar acaparado por una casta de piadosos ni por un grupo de sacerdotes controladores de la religión. Dios no otorga a nadie una situación de privilegio sobre los demás; no da a nadie un poder religioso sobre el pueblo, sino fuerza y autoridad para hacer el bien. Así actúa siempre Jesús: no con autoritarismo e imposición, sino con fuerza curadora. Libera de miedos generados por la religión, no los introduce; hace crecer la libertad, no la servidumbre; atrae hacia la misericordia de Dios, no hacia la ley; despierta el amor, no el resentimiento.
Más aspectos tendríamos que resaltar aquí del Dios que conocemos a través de Jesús, pero remitimos a cuanto ya dijimos también el curso anterior al hablar de las imágenes deformadas de Dios.
4.- Jesús, verdadero Dios y verdadero hombre
No vamos a detenernos a detallar los avances cristológicos hechos por la Iglesia en sus primeros siglos, manifestados a través de los Concilios. No es ése el fin de este curso. Pero sí vamos a destacar brevemente lo más importante.
De forma muy reducida podemos decir que la Iglesia cree y profesa en Jesucristo:
- Una persona única, la del Hijo, Palabra de Dios.
- Dos naturalezas: la divina que lo hace igual y “consubstancial” al Padre y al Espíritu Santo; y la humana, que lo hace igual y “con-substancial” a María su madre, y a todos los hombres.
- El año 325, en el Concilio de Nicea, los obispos reunidos lo dijeron así: “Jesús es Hijo de Dios, Dios de Dios, luz de luz, Dios verdadero del Dios verdadero, nacido, no creado, de la misma substancia del Padre”. Cuando Nicea se expresa así, diciendo que el Hijo es engendrado y no creado, no pretende sino reafirmar la divinidad de Jesús, al aseverar contra Arrio que el Hijo no está hecho; no es poíema (producto) ni ktisma (creatura); no es alguien que no existía y que comienza a existir. Sino que por ser Dios posee otro origen que el de las creaturas. Como éstas, tiene su origen en Dios; pero de tal modo que él mismo es Dios, cosa que de ninguna manera se podía afirmar de lo creado, Trazada la raya divisoria entre las creaturas y Dios, el Hijo queda totalmente de parte de la divinidad, dice Nicea. Y en el año 451, el Concilio de Calcedonia dijo: “Uno y el mismo Hijo nuestro Señor Jesucristo es perfecto en la divinidad y perfecto en la humanidad”.
- “Verdaderamente Dios y verdaderamente hombre”. “La Iglesia confiesa así que Jesús es inseparablemente verdadero Dios y verdadero hombre. El es verdaderamente el Hijo de Dios que se ha hecho hombre, nuestro hermano, y eso sin dejar de ser Dios, nuestro Señor” (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 469)
Cuando nosotros los cristianos confesamos que Jesús es Dios, queremos decir expresamente que Jesús de Nazaret tiene el modo de ser propio y exclusivo de la divinidad, esto es, que existe desde siempre, por siempre y para siempre.
La verdad fundamental, pues, es que Jesús es verdadero hombre y verdadero Dios, total y al mismo tiempo. El hablar correcto a partir de Jesús debe ser de tal manera que no se dé ni de más a Dios ni de más al hombre; ni disminuya al hombre, ni disminuya a Dios.
Siempre hay que estar haciendo esfuerzos por unir los dos extremos, por escandaloso que resulte: Jesús es verdadero Dios y verdadero hombre. Y por ello es necesario encontrar hoy expresiones y palabras que respondan a la cultura de nuestro tiempo.
Terminemos este curso con aquella exclamación del centurión romano: “Verdaderamente éste era el Hijo de Dios”
TRABAJO PERSONAL O EN GRUPO
1.- Los cristianos puede que nos quedemos mudos si tenemos que explicar por qué creemos que Jesús es Dios, cuestión ésta sobre la cual basculan todos los otros contenidos del mensaje cristiano, ¿podrías explicar las razones que llevaron a los primeros cristianos a hacer semejante confesión de fe? .Y tú, podrías contar ¿qué es lo que has ido viendo y descubriendo en la vida de Jesús de Nazaret que te ha llevado a confesar su divinidad?
2.- ¿Qué dificultades, planteamientos, dudas, razonamientos, etc., encontrabas o encuentras en ti mismo para llegar a confesar que Jesús no es solamente un personaje histórico, sino que también es Dios?
3.- De los títulos que se utilizan para expresar la divinidad de Dios (Mesías, Cristo, Señor, Salvador, Imagen de Dios invisible, Primogénito de la nueva creación, Cordero de Dios, Hijo de Dios, Palabra hecha hombre, etc.), ¿cuál es el que el que más utilizas en tu vida?, ¿qué quieres expresar en tu vida con ese título cuando te diriges a Jesús? ¿Cómo llamar a Jesús hoy y aquí de tal modo, que resulte comprensible para la sociedad el título que le apliquemos?
4.- Del Dios revelado en y por Jesús, ¿qué imagen, notas o características de este Dios son las que más te han seducido, y te han llevado a vivir en una relación personal con el mismo Dios, y a una relación de compromiso con los otros?
5.- ¿Cómo cultivas actualmente tu relación personal con Dios? Jesús resucitado hoy se nos hace presentes a través de cuatro grandes presencias son (cf. Lc. 24, 13-35) éstas: en la Historia, en la Palabra, en la Eucaristía y en la Comunidad. ¿Qué tipo de relación mantienes con Jesús a través de estas presencias?, ¿qué presencia cultivas más, y cuáles deberías plantearte una relación más intensa?
ORACION PERSONAL
El Dios en quien no creo (Por Juan Arias)
Yo nunca creeré en:
El Dios que “sorprenda” al hombre en un pecado de debilidad
El Dios que condene la materia
El Dios que ame el dolor
El Dios que ponga luz roja a las alegrías humanas
El Dios mago y hechicero
El Dios que se hace temer o no se deja tutear
El Dios que se haga monopolio de una iglesia, de una raza, de una cultura o de una casta
El Dios que juega a condenar
El Dios que “manda” al infierno
El Dios incapaz de perdonar lo que muchos hombres condenan
El Dios incapaz de comprender que los niños deben mancharse y son olvidadizos
El Dios que exija al hombre, para creer, renunciar a ser hombre
El Dios a quien no temen los ricos a cuya puerta yace el hambre y la miseria
El Dios al que adoran los que van a Misa y siguen robando y calumniando
El Dios que no supiese descubrir algo de su bondad, de su esencia, allí donde vibre un amor por equivocado que sea.
El Dios que condene la sexualidad
El Dios morfina para la reforma de la tierra y sólo esperanza para la vida futura
El Dios de los que creen que aman a Dios porque no aman a nadie
El Dios que dé por buena la guerra
El Dios que negase al hombre la libertad de pecar
El Dios a quien le falte perdón para algún pecado
El Dios que aceptase y diese por bueno todo lo que los curas decimos de El
El Dios que ponga la ley por encima de la conciencia
El Dios que prefiera la pureza al amor
El Dios que no pueda descubrirse en los ojos de un niño o de una mujer bonita o de una madre que llora
El Dios que se case con la política
El Dios que aniquilara para siempre nuestra carne en lugar de resucitarla
El Dios que aceptara por amigo a quien pasa por la tierra sin hacer feliz a nadie
El Dios que al abrazar al hombre aquí en la tierra no supiera comunicarle el gusto y la felicidad de todos los amores humanos juntos
El Dios que no acepte una silla en nuestras fiestas humanas.
El Dios que no se hubiera hecho verdadero hombre con todas sus consecuencias
El Dios en el que yo no pueda esperar contra toda esperanza.
El Dios que cause el cáncer, el sida, cualquier enfermedad.
El Dios que no tuviera misterio
El Dios que no fuera más grande que nosotros,
El Dios incapaz de hacer nuevas todas las cosas.
Sí, mi Dios es el otro Dios.


