16 SER CIUDADANO CRISTIANO

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 Este mes habrás de leer, meditar y subrayar detenidamente cuanto vas a leer. Es tiempo para ver la realidad, reflexionar, y tomar decisiones.

1.- Comprometerse cristianamente en nuestro mundo .-

Dios encomienda a los hombres que cuiden la creación, que la humanicen, que hagan de ella un digno hogar  para todos los seres humanos y no humanos, un paraíso, no un campo de batalla. Somos administradores de este mundo. Somos responsables de la creación. Somos co-creadores con Dios que ha puesto la creación en nuestras manos (cf. Gen 2,19-20; 1, 28).

Desde este proyecto de Dios, la vida cristiana no se encierra en la intimidad del sujeto; nos implica en la trama de las relaciones entre las personas, los grupos y los pueblos. Es decir, la vida cristiana tiene que ver con la sociedad, con la economía y la política. Por eso, el auténtico cristiano no puede serlo sin ser un ciudadano comprometido, un ciudadano que participa en la edificación de la “polis”, porque lo que está en juego es el plan de Dios, el proyecto original de Dios sobre esta creación y esta humanidad.

Y la encarnación es un nuevo “sí” por parte de Dios a esta creación. Declara la bondad radical de la materia, de la carne, del cuerpo, de la humanidad. Declara que todo ello es compatible con Dios. Cuando Jesús se encarna en este mundo asume la “condición humana”, con todas las consecuencias, implicaciones y componentes de la misma: la fragilidad, la incertidumbre, la vulnerabilidad, los riesgos de la libertad… Y la asumió haciéndose siervo, y “abajándose” hasta convertirse en un “maldito” según la ley del crucificado (cf. Fil 2,6-7).

Ahora bien, aunque la creación es buena, el pecado se ha hecho presente en la historia y ha dejado tras de sí huellas de destrucción, de deshumanización, de sufrimiento… en la creación y en la humanidad. A través de su presencia en medio del mundo nos encontramos con un mundo inhumano, poblado de sufrimiento. Nos encontramos con una humanidad herida y debilitada por el pecado. Y ante esta situación, Dios se han conmovido en sus entrañas. Se ha comprometido con la redención y liberación de esta humanidad desde los más bajos fondos. Y quiso redimir, liberar, salvar a la humanidad, enviando a su Hijo, y lo hizo a través de un compromiso de compasión, de amor, de misericordia o fidelidad… Así venció las fuerzas del pecado y mostró el camino para liberar a la humanidad de tanta inhumanidad.

En la historia de Jesús se revela el compromiso de Dios con la humanidad, un compromiso que está marcado por el amor, la misericordia, la compasión, no por la  violencia, la intransigencia, la intolerancia, como quizá esperaban celotas, fariseos y otros grupos religiosos y políticos contemporáneos de Jesús.

Y en su vida pública, Jesús fue un ciudadano comprometido en una opción decidida por la causa de los pobres y de los pecadores. Asume la causa de la humanidad desde su lado oscuro, el de las víctimas, los perdedores, los fracasados o aquellos a quienes se ha hecho fracasar. Este fue el compromiso esencial de Jesús y éste ha de ser también el compromiso de sus seguidores.

Su compromiso se fue desgranando en una serie de signos y gestos que Jesús puso durante su ministerio público: el anuncio de la Buena Nueva a los pobres, la curación de toda clase de dolencias, el perdón de los pecados, la readmisión de los “impuros” –publícanos y pecadores- a la comunidad de mesa, la defensa de la mujer, del extranjero, del samaritano… Así muestra Jesús el camino que conduce a la reconstrucción de las personas y de la propia comunidad. Con su compromiso puso al descubierto la debilidad y la inhumanidad del sistema religioso y político vigente. Cuestionó de raíz el sistema religioso-político de la pureza, que produce exclusión, discriminación, segregación de las personas consideradas “impuras”. Y por eso tuvo que pagar con su propia vida el precio de un compromiso incondicional con la causa de los pobres, de los pecadores, de los excluidos, de las victimas.

Un compromiso auténtico tiene que poner algo en juego, tiene que comprometerse. Y el compromiso más auténtico es aquel que pone en juego lo más valioso y lo más querido de los seres humanos: la propia vida. “Nadie tiene amor más grandes que el que da la vida por sus amigos” (Jn 15,13).

Es verdad que el compromiso cristiano a primera vista, no es “razonable”, no tiene garantías humanas, no tiene el éxito garantizado humanamente. El final trágico de Jesús es un testimonio fehaciente. Al menos en apariencia, fue un fracaso humano para él. Fue un escándalo para sus seguidores. Fue un motivo de mofa, burla y escarnio para sus verdugos y enemigos. Mirando al Crucificado cualquiera podía afirmar “razonablemente” que Jesús estaba equivocado.

El problema, por tanto, para el compromiso cristiano consiste en que se trata de un asunto de fe, sin demasiado o quizá sin ninguna garantía humana. Sólo en la fe se puede confiar que a fragilidad del amor triunfe sobre la fuerza del poder, que la justicia indefensa se imponga sobre la injusticia violenta, que la victima desarmada triunfe sobre el verdugo. El compromiso es total, porque humanamente se pone todo en juego, sin garantías humanas de compensación.

Nuestra garantía está en la resurrección de Jesús. Es la garantía de que vale correr el riesgo que implica el compromiso de Jesús y el de sus seguidores. La resurrección de Jesús es la confirmación por parte de Dios de que su vida y su muerte no fueron absurdas; valieron la pena. Por eso, nuestro compromiso no es razonable de tejas abajo. Solo es “razonable” desde el presupuesto de la fe. Desde el horizonte de la fe vale la pena arriesgar la vida, comprometerla, entregarla “por los demás”, por los hermanos y los extraños, por los amigos y los enemigos…Por consiguiente, todo compromiso cristiana, siguiendo a Jesús y al estilo de Jesús, es, en cierto sentido, una semilla de resurrección. Todo lo que hacemos de positivo a favor de la vida, de la justicia, de los derechos humanos, de la solidaridad… resucita la creación y la humanidad.


2.- Ser ciudadano creyente .-

 A partir de lo expuesto anteriormente, es necesario replantear nuestro ser de ciudadanos cristianos.  Antes de ser cristianos, somos ciudadanos, ya que las personas pueden ser o no cristianas, pero no podemos dejar de ser ciudadanos (miembros de una comunidad política o de una comunidad humana universal). Pues el hombre es, por su íntima naturaleza, un ser social y no puede vivir ni desplegar sus cualidades sin relacionarse con los de¬más (cf. GS, 12). En efecto, la sociedad es “personal”, y la persona “social”. “Del carácter social del hombre —dice el Concilio  se sigue que el desarrollo de la persona humana y el crecimiento de la so¬ciedad misma están mutuamente condicionados. Por¬que el principio, el sujeto y el fin de todas las instituciones sociales es y debe ser la persona humana, ya que por su propia naturaleza tiene necesidad de vida social. La vida social no es para el hombre algo accidental; el hombre desarrolla todas sus cualidades y puede res¬ponder a su vocación mediante el trato con los otros, la ayuda mutua y el diálogo con los hermanos” (GS, 25). “Al ser los hombres por naturaleza sociales, deben convivir unos con otros y procurar cada uno el bien de los demás. Por esto, una convivencia humana rectamente ordenada exige que se reconozcan y respeten mutuamente los derechos y los deberes” (PT 31)

 Estamos llamados como buenos ciudadanos a participar en la tarea de edificar la polís. No debemos reducir nuestra fe al ámbito de lo privado, ya que somos Iglesia en el mundo. Y en este mundo hemos de ser sacramento universal de salvación. Estamos convocados a hacer que los hombres en este mundo puedan encontrarse con Dios, y a crear lazos de fraternidad, de comunión entre todos los hombres. Por eso “los laicos cristianaos, como ciudadanos de la sociedad con derecho a participar en la vida social y política, no pueden renunciar  al deber de participar activamente en la vida pública. En efecto, “los fieles laicos de ningún modo pueden abdicar de la participación en la “política”; es decir, de la multiforme y variada acción económica, social, legislativa administrativa y cultural, destinada a promover orgánica e institucionalmente el bien común”. Así, los laicos, que son Iglesia y son Iglesia en el mundo, que “pertenecen plenamente al mismo tiempo al Pueblo de Dios y a la sociedad civil” con su presencia en la vida pública, hacen presente a la Iglesia en el mundo y animan y transforman la sociedad según el espíritu del Evangelio. Al mismo tiempo participan en la Iglesia como hombres y mujeres de la sociedad civil” (CEE, Cristianos Laicos, Iglesia en el mundo, 46)

La fe nos conduce, pues, a una forma de entender y afrontar la vida, que tiene como horizonte fundamental “la determinación firme y perseverante de empeñarse por el bien común, es decir, por el bien de todos y cada uno, para que todos seamos verdaderamente responsables de todos (SRS 38, c). Es decir, una forma de afrontar la vida que tenga como preocupación fundamental el construir una auténtica humanidad, donde lo fundamental sea el nosotros y no el yo y que, para ello, se empeña en construir el bien común, es decir, buscar poner los medios más eficaces para crear las condiciones de vida social más apropiados para que todas las personas logren de la forma más plena y fácil su propia realización como personas.

           Y a la hora de construir una nueva humanidad, a la hora de ejercer el compromiso social y político tenemos que partir siempre de las necesidades de los más empobrecidos (Cf. CVP, 61), que son aquellos a los que se les priva más radicalmente de su posibilidad de vivir como personas. Sin esta perspectiva, la solidaridad será fácilmente egoísmo de grupo.

  3.- La pretensión pública de la salvación cristiana excluye:

- EL LAICISMO, que niega la legitimidad de la fe para intervenir en la vida pública;
- EL PURISMO, que previene de la implicación política porque mancha la profecía de la fe;
- EL NEUTRALISMO, que desde el celo por la autonomía de la fe, intenta mantener una equidistancia de todas las opciones políticas;
- EL ESPIRITUALISMO, como teoría que reduce la fe a pietismo.

         Estas cuatro mentalidades privatizan la eficacia histórica de la fe, la reducen al ámbito de la conciencia o del testimonio individual.

          Afirmamos: El reino de Dios se juega en la historia humana, personal y colectiva. La encarnación de Cristo hace innegociable la encarnación del cristiano en el mundo. “El hombre es el primer camino que la Iglesia debe recorrer en el cumplimiento de su misión, él es el camino primero y fundamental de la iglesia” (RH 14).

        En este contexto hay que recordar la doctrina de la Iglesia que afirma:

a) Que es un deber cristiano participar en política, en particular, para los laicos: “Los fieles laicos de ningún modo pueden abdicar de la participación en “la política” (CFL 42).
b) Que la actividad política es una forma exigente de vivir la caridad evangélica: “la política es una manera exigente –aunque no única- de vivir el compromiso cristiano al servicio de los demás” (OA 46).
c) Que el compromiso político es un camino de consagración laical alabado y estimado por la Iglesia. “La Iglesia alaba y estima la labor de quiénes, al servicio del hombre, se consagran al bien de la cosas pública y aceptan las cargas de este oficio” (GS 75).
d) Que aquellos que tengan condiciones para dedicarse al noble arte de la política han de formarse para ella y han de ejercitarla en coherencia con su fe: GS 75.
e) Que los laicos tienen la tarea de testificar en el ámbito de la política de acuerdo con la doctrina social de la Iglesia, “la libertad y la justicia, la solidaridad, la dedicación leal y desinteresada al bien de todos, el sencillo estilo de vida, el amor preferencial por los pobres y los últimos” (CFL 42)

 

 

 

4.- ORACIÓN PERSONAL.-
    
  Iniciamos el día con el deseo de comprometernos a favor de nuestros hermanos, no pasar de largo ante los problemas y las situaciones concretas, que acontecen en nuestro entorno más cercano y en el ámbito más lejano: barrio, ciudad, región, nación, mundo...

Deseo ser fermento del Reino de Dios en la sociedad

4.1.- Hemos de situarnos en nuestro mundo con el deseo de ser germen de renovación y transformación de la realidad: “El Reino de los cielos es semejante a un grano de mostaza...” (cf. Mt 13, 31). El germen solo puede renovar si cae en la tierra y se rompe, si se alimenta y crece, si  es árbol y es cobijo, si da fruto y nuevo germen. Pero el grano de mostaza es una pequeña semilla...

Contemplemos en estos días cuáles son las pequeñas semillas de vida y esperanza que detectamos en nuestro barrio y ciudad, en nuestro mundo. Y miremos nuestra vida, para ver qué semillas de vida estoy sembrando en mi entorno.

¿Cuáles son las pequeñas semillas de vida, de esperanza comprometida, de participación solidaria, que detecto en mi ciudad, en mi barrio, en el trabajo, en las asociaciones vecinales y culturales, en los partidos políticos, en las ONGs. etc.? ¿Dónde y cómo aletea el Espíritu de Dios? ¿Qué semillas estoy sembrando en mi barrio, en la ciudad, en mi profesión, en otros espacios? ¿Cómo colaboro con el Espíritu de Dios? Escribe las semillas del Reino que has ido percibiendo.

Medita sobre el significado de estas semillas.

Da gracias porque el Reino crece entre nosotros, sin que nos lleguemos a dar cuenta de cómo crece.

 

 

 

 

  

Lee y reflexiona ahora lo que expresan los obispos españoles en su documento, “Los cristianos laicos, Iglesia en el mundo” n. 26. 45:
Al mismo tiempo la condición eclesial de los laicos, su pertenencia y participación en la vida y misión de la Iglesia, está caracterizada por su "índole secular". Los laicos por su novedad cristiana e índole secular, propia pero no exclusiva concretan la inserción de la Iglesia toda en el mundo y para el mundo. Los laicos viven en el mundo, en las condiciones ordinarias de la vida familiar y social. Y son llamados por Dios para santificar el mundo desde dentro, a modo de fermento.
El campo propio, aunque no exclusivo, de la actividad evangelizadora de los laicos es la vida pública: “el dilatado y complejo mundo de la política, de la realidad social, de la economía; así como también de la cultura, de las ciencias y de las artes, de la vida internacional, de los órganos de comunicación social; y también de otras realidades particularmente abiertas a la evangelización, como el amor, la familia, la educación de los niños y de los adolescentes, el trabajo profesional, el sufrimiento”.
¿Has tomado conciencia de cuál debe ser tu campo de acción como laico cristiano comprometido en el mundo? ¿En qué campo crees debes implicarte más y cómo hacerlo? Si ya estás implicado en algún campo concreto, ¿cómo tratas de hacerlo como creyente?

 Da gracias al Señor por las personas que de alguna manera concreta están comprometiéndose a favor de los demás.

4.2.- Te sugiero que en este mes procures “ir” o acercarte a esos lugares de la ciudad a los que nunca sueles ir. Quizás deberías darte un paseo y visitar el barrio de la Plaza Alta, del Cerro de Reyes, la Suerte de Saavedra, los Colorines, el Progreso,… Planifica bien este viaje. No tengas miedo. Procura abrir bien los ojos y el corazón, deja que te interpele aquella realidad, mira profundamente a la gente y su contexto, allí vive el Señor.

 Si te es imposible estar físicamente en algún lugar concreto, te sugiero que lo hagas a través de los medios de comunicación. Lee detenidamente cuanto se escriba o escucha cuanto se diga de algún barrio, del cual tú anteriormente no prestabas tanta atención.

¿Qué obstáculos has tenido que afrontar para hacerte presente en esos lugares?

¿Qué te ha interpelado de estos lugares?

¿Qué injusticias has detectado?

¿Cómo te has sentido?

¿Qué brotaba de tu corazón?

¿Qué noticias te han llamado más la atención de ellos?

 

 

 

 

 

 

 

 


 Medita estos textos que ponen de relieve cómo es nuestro Dios:

“Bien vista tengo la aflicción de mi pueblo en Egipto, y he escuchado el clamor que le arrancan sus capataces; ya conozco sus sufrimientos y he bajado para librarle de la mano de los egipcios...”  (Ex 3,7-8; cf. 2,23-25; 3, 9-10).

 “Yo Yahvé soy el que realiza compasión, derecho y justicia en la tierra” (Jer. 9,23; cf. Os. 10,12; Ex. 61,3; Is. 51, 1; Sal. 33,4-5).

“Practicad el derecho y la justicia, liberad al oprimido de manos del opresor, y la inmigrante, al huérfano y a la viuda no atropelléis; no hagáis violencia ni derraméis sangre inocente” (Jer. 22,3: Cf. Jer. 22,15; E. 18,5s; Eclo. 5,7).
 Preséntale ahora al Señor lo que te duele e inquieta de cuanto has visto.

Pídele después al Señor:

Señor, da a mis ojos la capacidad de ver cuánto otros quieren ocultar.
Concede a mi mirada el ser lo bastante profunda como para conocer tu presencia en el mundo y haz que jamás mis ojos se cierren ante el llanto del hombre.
Que mi mirada, Señor, sea clara  y firme, pero que sepa enternecerse y que mis ojos sean capaces de llorar.
Señor, que mire la realidad con tus ojos de amor. Dame tu corazón compasivo e inquieto, para que pueda comprometerme a favor de mis hermanos.

Lee y medita el texto de Lucas 4, 16-23

4.3- Oremos a través de las noticias de nuestro mundo, que leemos en el periódico, o de aquella que hemos escuchado en la radio, o visto en la TV.


Noticias que más me han impactado, me han enfurecido o más hemos comentado.

¿Por qué me han impactado de esa manera?
 Trato de soñar y representar cómo es la ciudad y el mundo ideal que Dios desea para nosotros. Deja que el Señor llame ahora a tu corazón y te encomiende una misión a través de lo que está siendo tu encuentro con la realidad.

 

 

 

 

 

  Estás llamado a ser  “sal de la tierra… luz del mundo… Brille así vuestra luz delante de los hombres para que vean vuestras buenas obras y glorifiquen a vuestro Padre que está en los cielos” (Mt 5,13-17).
“En otros tiempos fuisteis tinieblas; más ahora sois luz en el Señor. Vivid como hijos de la luz; pues el fruto de la luz consiste en toda bondad, justicia y verdad” (Ef 5,8-12)

¿Cómo estás siendo sal y luz en tu ambiente?

¿Dónde puedes  llevar hoy esa luz?

“Sed misericordiosos como vuestro Padre es misericordioso… Dad y se os dará… Porque con la medida con que midáis se os medirá a vosotros” (LC 6, 36-38)

¿Qué medida estás utilizando a la hora de entregarte y comprometerte?
¿Tienes un corazón misericordioso?

“Dad a cada cual lo que se le debe: a quien impuestos, impuestos; a quien tributo, tributo; a quien respeto, respeto; a quien honor, honor” (Rom 13,7)

¿Cómo trato y respeto a los que en mi Ayuntamiento, Región o Nación, están desempeñando un cargo de autoridad?

¿Pago los impuestos que me corresponden?

¿Qué deberes he de cumplir como ciudadano?

“Como cristianos, estad siempre alegres, os lo repito, estad alegres. Que todo el mundo note lo comprensivo que sois. El Señor está cerca, no os agobiéis por nada; en lo que sea presentad ante Dios vuestras peticiones con esa oración y esa súplica que incluyen la acción de gracias… Por último, hermanos, todo lo que sea verdadero, todo lo respetable, todo lo justo, todo lo limpio, todo lo estimable, todo lo de buena fama, cualquier virtud o mérito que haya, eso tenedlo por vuestro” (Fil  4, 4-9)

¿Cuáles son las actitudes que he de cultivar más en mi relación con los otros?

¿Qué valoro en los que hoy están ejerciendo un cargo público? Doy gracias y pido al Señor por ellos.


4.4.- El encuentro con Zaqueo cf. Lc 19, 1-11).-

Vamos a meditar el encuentro de Jesús con un publicano, Zaqueo. Los publicanos desempeñan un oficio odioso para el pueblo; eran los recaudadores de impuestos, y a nadie le gusta que le saquen el dinero del bolsillo; menos aún si el impuesto va para una potencia invasora, los romanos. Todo publicano, por el hecho de serlo, era considerado un pecador público en aquella sociedad. Zaqueo, además, era jefe de publicanos, luego era un pecador cualificado. Era rico, y sus riquezas no habían sido adquiridas limpiamente. Por lo tanto era mal visto por la gente.

¿Quiénes son los que hoy desempeñan cargos públicos, que son mal vistos por la gente? ¿Por qué son considerados de ese modo?

Trata de recordar cuáles son las frases que más utilizamos a la hora de hablar de los políticos, los sindicalistas, los presidentes de determinadas asociaciones, etc. ¿Cuáles son  los comentarios más habituales que hacemos de ellos? ¿Has tenido que soportar algún comentario o frase hiriente cuando has ocupado una responsabilidad concreta dentro de la sociedad?

 

Mirar a Jesús y dejarse mirar por Él. Zaqueo miraba con curiosidad, Jesús con amor; el pueblo miraba a Jesús con entusiasmo y a Zaqueo con envidia, y tal vez con odio. Jesús no mira como el mundo. Ve lo que nadie ve. Trata tú de ver ahora lo bueno de la gente que está ostentando un cargo público: su trabajo, su falta de tiempo familiar, sus preocupaciones, sus deseos de hacer bien las cosas, etc.

Jesús mira al corazón y mira con ojos misericordiosos. Su mirada es transformadora porque mira con amor. Procura mirar con amor a aquellos que en esta campaña electoral se están presentando para ejercer un cargo público. Pide por ellos.

Jesús desea ir a casa de Zaqueo: “Baja pronto porque hoy conviene que me hospede en tu casa” ¡Qué alegría! Zaqueo no comprende que, siendo pecador y mal visto por el pueblo, Jesús quisiera hospedarse en su casa. Se siente contento y confundido. ¿Qué vio Jesús en Zaqueo que la gente no llegaba a ver? ¿Qué necesitaba Zaqueo en su vida?

La gente se escandalizó. Se decían: ¿Sabrá Jesús quién es éste? Si lo supiera no se hospedaría en su casa, ni siquiera le dirigiría la palabra; huiría de él como de un ser detestable. No sabían que Jesús había venido sobre todo a los pecadores.

¿Quiénes son los considerados pecadores públicos en nuestra sociedad?

El Señor dio a Zaqueo la oportunidad de cambiar; también nos da a nosotros la misma oportunidad. Cualquier circunstancia y día son bueno para comenzar una vida nueva. Zaqueo dio la mitad de sus bienes a los pobres. ¿Qué estás dispuesto a dar tú? ¿Qué das de tu tiempo, tu amor y ayuda según tus posibilidades? A los que había defraudado Zaqueo los recompensó con el cuádruplo. ¿Cómo recompensas tú a quines has ofendido con tus palabras, críticas u obras? ¿Cómo tratas a los que te han ofendido o no te son simpáticos?

Zaqueo se desprendió generosamente de lo que tanto quería, el dinero. ¿Estás dispuesto a desprenderte de aquello que hoy te impide participar y colaborar en tu sociedad? ¿Qué es lo que más te cuesta dejar?

Zaqueo le ofreció su casa al Señor, ofrécele tu vida para que esté en ella a gusto. Dile a Jesús: Conviérteme en un nuevo Zaqueo.

4.5.- Los documentos magisteriales exponen la necesidad de que los fieles laicos se comprometan en los diferentes campos de la vida pública. Todos los creyentes somos ciudadanos, que hemos de participar contribuyendo a la vida cultural, política y social de la comunidad civil a la que pertenecemos. La participación es un deber que todos hemos de cumplir conscientemente en modo responsable y con vistas al bien común. Y nuestro compromiso en la vida pública ha de estar revestido de estas actitudes:

“La pobreza cristiana, la mansedumbre, la solidaridad, el amor a la justicia y a la paz han de prevalecer sobre la voluntad de poder, la ambición o la violencia. La preocupación por los pobres y marginados, la actitud real de servicio a la comunidad, la preferencia por los procedimientos pacíficos y conciliadores son actitudes obligadas para cualquier cristiano que actúa en la vida pública” (CEE, Los católicos en la vida pública, 87).

 Por eso, en un recto discernimiento, en presencia del Señor, hemos de plantearnos cómo estoy ejerciendo mi ser de ciudadano y con qué actitudes, cómo estoy participando activamente en la vida de mi ciudad, pueblo o nación a la que pertenezco, porque estoy llamado a colaborar con el Creador, estoy llamado a hacer un hogar para toda la humanidad.

Ante el Señor, me pregunto: ¿estoy tomando conciencia de que soy llamado a colaborar con el Padre Dios en su obra creadora? ¿Cómo me implico en la construcción de su Reino en mi ambiente, en mi entorno más cercano? Habla con el Señor de tus compromisos actuales, ¿Cómo te estás implicando? ¿Cuáles son tus motivaciones?

“Obras son amores”. El Nuevo Testamento lo dice con la conocida frase: “No todo el que diga ‘Señor, Señor’, entrará en el Reino de los Cielos, sino el que haga la voluntad del Padre celestial” (Mt. 7,21). Aquí podríamos aplicar la maravillosa imagen angélica de la casa construida sobre arena o sobre roca. La construida sobre roca es aquella que se construye sobre las obras y los compromisos reales. La casa construida sobre arena es la que se construye sobre las palabras, los razonamientos, los buenos propósitos e intenciones… Plantéate delante del Señor cómo estás construyendo la casa de tu vida, sobre qué la estás edificando, qué deberías hacer para hincar otro tipo de construcción.

Te sugiero algunas pistas de cómo has de colaborar con el Creador siendo un buen ciudadano cristiano. Un buen ciudadano cristiano es aquél que:

- Trata a los demás con respeto y dignidad. Defiende la dignidad de la persona humana y sus derechos en todos los ámbitos.
- Reconoce y acepta la pluralidad de ideas, culturas, razas, etc. Es una persona tolerante, que reconoce y acepta las diferencias
- Sabe dialogar, hasta llegar a un consenso sobre las diferencias legitimas o sobre aquellas a las que es preciso renunciar en nombre de la convivencia. Ahora bien, la tolerancia no es renuncia a las propias convicciones o escepticismo o relativismo absoluto. Ni es desentenderse del otro. Tolerar significa también reaccionar de una forma cívica a situaciones intolerables.
- Está bien informado de cuanto sucede en su entorno, sabiendo ejercer la crítica con respecto a todo cuanto acontece desde lo que es el Reino de Dios.
- Es un buen vecino. Posee un corazón compasivo, que le lleva a amar, a estar en cercanía, a preocuparse de los otros.
- Conoce y se implica en la vida de  la comunidad de sus vecinos. Se preocupa de los problemas que atañen a todos, aunque a veces, no sean problemas que de manera particular le afecten a él.
- Se responsabiliza de las cosas que pasan a su alrededor. Está atento a cuanto sucede junto a él. Abre los ojos para detectar quien puede necesitar algo, o donde hay llamadas del Reino, que nos están invitando a adoptar una postura activa.
- Respeta las leyes y las cumple. Ahora bien: “La manera de actuar de los cristianos en la vida pública no puede limitarse al puro cumplimiento de las normas legales. La diferencia entre el orden legal y los criterios morales de la propia conducta obliga a veces a adoptar comportamientos más exigente o distintos de los requeridos estrictamente jurídicos. En caso de conflicto hay que obedecer a Dios antes que a los hombres” (CEE, Los Católicos en la vida pública, 85).
- Respeta la autoridad.
- Paga los impuestos.
- Valora el ejercicio de su profesión. Su profesión debe estar inspirada por “el respeto a la vida, la fidelidad a la verdad, la responsabilidad y la buena preparación, la laboriosidad y la honestidad, el rechazo de todo fraude, el sentido social e incluso la generosidad” (CEE, CVP 114)
- Vota después de informarse y discernir los diferentes programas políticos. El motivo determinante al emitir el voto consiste en elegir ellos partidos y aquellas personas que ofrezcan más garantías de favorecer realmente el bien común considerado en su integridad. Sin embargo, dicen los obispos,
“al pensar en el bien común hay que considerar las necesidades de la mayoría de la población, especialmente de los más necesitados, antes que los mismos derechos particulares de los grupos más privilegiados. El bien común no puede reducirse a los aspectos materiales de la vida, con ser éstos de primera importancia. La concepción cristina del bien común incluye también otros aspectos culturales y morales, como son, por ejemplo, la protección efectiva de los bienes fundamentales de la persona, el derecho a la vida desde la misma concepción, la protección del matrimonio y de la familia, la igualdad de oportunidades en la educación y en el trabajo, la libertad de enseñanza y de expresión, la libertad religiosas, la seguridad ciudadana, la contribución a la paz internacional” (CVP 120) (Medita bien este texto antes de ir a votar. Lee los programas de los partidos políticos y haciendo un discernimiento desde estos criterios vota después)
- Respeta y protege el medio ambiente. Conserva los recursos naturales. Cuida la naturaleza.
- Ayuda a la comunidad a través de trabajos voluntarios. Ejercita la gratuidad, sobre todo dándose a aquellos colectivos más necesitados en la sociedad.
- Participa y colabora con asociaciones e instituciones sociales, culturales, políticas.
- Vive su vida en clave solidaria, preocupándose de los más desfavorecidos.

Subraya algunos de estos compromisos, que deberías asumir, y pídele al Señor que te ayude a vivir colaborando en la construcción de su Reino, colaborando efectivamente con el Creador y buscando crear un mundo habitable para todos, donde podamos vivir la fraternidad y la filiación divina.


Te invito a que en este mes leas, subrayes y reflexiones la encíclica del Papa Benedicto XVI “Dios es amor”