4 LA ALTERNATIVA DE JESÚS
Escrito por Administrador Viernes, 29 de Enero de 2010 23:54
Como ya hemos planteado en el tema anterior, todos los investigadores piensan hoy que esto que Jesús llama “Reino de Dios” es el corazón de su mensaje, la pasión que animó toda su vida, la razón por la que fue ejecutado. Y, naturalmente, este “Reino de Dios” no es una religión. Va más allá de las creencias, los preceptos y ritos de cualquier religión. Es una experiencia nueva de Dios que lo resitúa todo de manera diferente. Si de Jesús nace una nueva religión, como de hecho sucedió, tendrá que ser una religión al servicio del proyecto de Jesús para el mundo.
Lo sorprendente es que Jesús nunca explica en qué consiste el Reino de Dios. Lo que hace es sugerir, con un lenguaje poético, cómo actúa Dios y cómo sería el mundo si hubiera gente que actuara como él. Podemos decir que “reino de Dios” es la vida tal como la quiere construir Dios. Pero ¿sobre qué cimientos hemos de edificar esta vida?, ¿cuáles son las claves y los puntos básicos sobre los que ha de organizarse la vida del que desea edificar el Reino de Dios?
Señalemos sólo cinco puntos básicos de los que se derivan consecuencias diversas, que luego quedan reflejadas en la carta magna de las bienaventuranzas:
1.- La fe en Dios.
El tema de la fe de Jesús es un tema nuevo. Si era Dios, ¿cómo podía tener fe? Sin embargo, la cristología actual considera normal hablar de la “fe de Jesús”. Aún más, cree que esta cuestión es central y determinante para la fe cristina. Apunta directamente a la condición humana de Jesús y, al mismo tiempo, a su condición de creyente. Sólo si Jesús es verdaderamente humano podemos hablar de su fe, de su condición de creyente.
Creer al estilo de Jesús supone ante todo aceptar que Jesús fue un creyente. Y esto supone a su vez aceptar su humanidad y su fe. Son dos cuestiones que están en el centro de la reflexión teológica.
La fe de Jesús es esencialmente una actitud de confianza-adhesión-fidelidad al Padre. La experiencia de Dios fue central y decisiva en la vida de Jesús. Jesús no es un hombre disperso, atraído por diferentes intereses, sino una persona profundamente unificada en torno a una experiencia nuclear: Dios, su Padre y el Padre de todos. Es él quien inspira su mensaje, unifica su intensa actividad y polariza sus energías. Dios está en el centro de esta vida. El mensaje y la actuación de Jesús no se explican sin esa vivencia radical de Dios. Jesús actuó movido por su experiencia de Dios e invitó a las gentes y a sus seguidores a creer y acoger a Dios con la misma confianza con que él lo hacía. La relación de Jesús con Dios causó honda impresión.
Pero, ¿qué experiencia de Dios tiene Jesús? ¿Quién es Dios para él? ¿Cómo se sitúa ante su misterio? ¿Cómo le escucha y se confía a su bondad? ¿Cómo lo vive? No es fácil responder a estas preguntas. Jesús se muestra muy discreto sobre su vida interior. Sin embargo, habla y actúa de tal manera que sus palabras y sus gestos nos permiten vislumbrar de alguna manera su experiencia.
Hay algo que se percibe enseguida. Jesús no propone una doctrina sobre Dios. Nunca se le ve explicando su idea de Dios. Para Jesús, Dios no es una teoría. Es una experiencia que lo transforma y le hace vivir buscando una vida más digna, amable y dichosa para todos.
Jesús busca a Dios en su propia existencia y, lo mismo que los profetas de otros tiempos, abre su corazón a Dios para escuchar lo que quiere decir en aquel momento a su pueblo y a él mismo. Se adentra en el desierto y escucha al Bautista; busca la soledad de lugares retirados; pasa largas horas de silencio. Y el Dios que habla sin pronunciar palabras humanas se convierte en el centro de su vida y en la fuente de toda su existencia. Las fuentes cristianas coinciden en afirmar que la actividad profética de Jesús comenzó a partir de una intensa y poderosa experiencia de Dios. Con ocasión de su bautismo en el Jordán, Jesús experimenta algún tipo de vivencia que transforma decisivamente su vida. No permanece por mucho tiempo junto al Bautista. Tampoco vuelve a su trabajo de artesano en la aldea de Nazaret. Movido por un impulso interior incontenible, comienza a recorrer los caminos de Galilea anunciando a todos la irrupción del reino de Dios.
La vida entera de Jesús transpira esta confianza. Jesús vive abandonándose a Dios. Todo lo hace animado por esa actitud genuina, pura, espontánea, de confianza en su Padre. Busca su voluntad sin recelos, cálculos ni estrategias. No se apoya en la religión del templo ni en la doctrina de los escribas; su fuerza y su seguridad no provienen de las Escrituras y tradiciones de Israel nacen del Padre. Su confianza hace de él un ser libre de costumbres, tradiciones o modelos rígidos; su fidelidad al Padre le hace actuar de manera creativa, innovadora y audaz. Su fe es absoluta. Por eso le apena tanto la “fe pequeña” de sus seguidores y le alegra la confianza grande de una mujer pagana. Mateo contrapone la “fe pequeña” de los discípulos (16,8; 17,20) con la “fe grande” de algunos paganos (8,10; 15,28).
Esta confianza genera en Jesús una docilidad incondicional ante su Padre. Solo busca cumplir su voluntad. Es lo primero para él. Nada ni nadie le apartará de su camino: como hijo bueno busca ser la alegría de su Padre; como hijo fiel vive identificándose con él e imitando siempre su modo de actuar. Esta es la motivación secreta que lo alienta en todo. “Obediencia” y “obedecer” son términos ausentes en los dichos de Jesús. Su actitud ante el Padre no consiste en cumplir “leyes” dictadas por él, sino en identificarse con él y buscar lo que más le agrada: la vida plena de sus hijos e hijas. Las fuentes cristianas han conservado el recuerdo de que Jesús fue tentado. La escena es una composición posterior de la comunidad, y su intención no es reproducir algo ocurrido en un lugar y un momento concretos de su vida, sino evocar el clima de prueba y dificultad en el que Jesús vivió su fidelidad al Padre.
El relato de las tentaciones se puede leer en Marcos 2,12-13 y en la fuente Q (Lucas 14,1-13 // Mateo 4,1-11). La mayoría de los autores lo interpretan como una reflexión teológica en torno a las luchas internas de Jesús a lo largo de su vida. Según la fuente Q, Jesús es tentado en el desierto después de cuarenta días de ayuno, reviviendo así las tentaciones de idolatría que vivió Israel cuando sentía hambre en el desierto. Este tipo de lectura actualizada del pasado es un género literario muy conocido entre los judíos y se llamaba hagadá.
Las tentaciones no son de orden moral. Su verdadero trasfondo es más hondo: la crisis pone a prueba su actitud última ante Dios: ¿cómo ha de vivir su tarea?, ¿buscando su propio interés o escuchando fielmente su Palabra?, ¿cómo ha de actuar?, ¿dominando a los demás o poniéndose a su servicio?, ¿buscando su propia gloria o la voluntad de Dios? Las tres citas del Deuteronomio (8,3; 6,13; 6,16) con las que Jesús responde al tentador expresan la voluntad de Dios. El recuerdo que quedó entre sus seguidores no deja lugar a dudas: Jesús vive a lo largo de su vida situaciones de oscuridad, conflicto y lucha interior, pero se mantiene siempre fiel a su Padre querido.
Jesús creyó en su Padre y en su amor. Él fue la manifestación del amor del Padre. El don del Hijo es el acto culminante del amor y la manifestación de Dios. “Tanto amó Dios al mundo que entregó a su Hijo Único para que el que cree en él no perezca, sino que tenga vida eterna” (Jn 3,16). En la historia de Jesús de Nazaret se nos narra cómo es el amor de Dios. Ahí se muestra:
- La dimensión y profundidad del amor: “Había amado a los suyos… y los amó hasta el extremo” (Jn 13,1).
- Y la dirección de su amor: “Mi carne (entregada) para que el mundo viva” (Jn 6,51); “para dar su vida… por todos” (Mc 10,45).
La 1ª carta de Jn resume esta dimensión y dirección del amor de Dios: “Dios es amor. En esto se hizo visible entre nosotros el amor de Dios; en que envió al mundo a su Hijo Único para que nos diera vida” (4,8-9). “Por esto existe el amor: no porque amáramos nosotros a Dios sino porque él nos amó a nosotros (v.10). Hemos comprendido lo que es el amor, por aquel que se desprendió de su vida por nosotros” (3,16).
Si nosotros amamos es porque Dios nos amó primero (cf. 1 Jn 4,19). El hecho de que Dios nos ame nos posibilita para dar respuesta a este amor, amando a Dios como al prójimo.
Así vivió Jesús su fe, y hoy, ante la incredulidad y la secularización de este mundo, nos toca a nosotros mantener vivar la fe en Dios y en Jesús de Nazaret. Pero, ¿qué significa creer hoy al estilo de Jesús?
- Creer hoy cristianamente al estilo de Jesús significa mantener la confianza en Dios en medio de la conflictividad de la historia. Significa tener confianza en el Dios que me acoge, que me ha demostrado su amor en Jesucristo, que me perdona todas mis culpas y me da seguridad de que mi vida es plena. Significa para el discípulo de Jesús ejercitarse en la intimidad y en el encuentro con el Dios-Padre de Jesús, dejarse guiar por el Espíritu que nos enseña a orar y nos hace gritar “Abba”. Significa mantenerse fieles en el seguimiento y la misión, a pesar de las seducciones que caminan en dirección contraria a los valores del Reino de Dios. Se trata, pues, de una fe en su dimensión más íntimamente existencial, la fe como actitud de vida, la fe como confianza, la fe como fidelidad. En definitiva, se trata de una fe que se expresa en el seguimiento de Jesús.
- Creer cristianamente hoy al estilo de Jesús es creer desde el fondo de nuestras oscuridades. Tenemos que creer sin ver claro, en medio del “eclipse de Dios”. No sabemos por dónde van hoy los caminos del Reino, o por dónde tiene lugar su venida, porque muchos de los tiempos actuales apuntan en dirección contraria al Reino de Dios y su justicia. Creer cristianamente hoy es creer desde el fondo de muchas noches oscuras, creer el no saber. Creer “aunque es de noche”.
- Creer cristianamente hoy al estilo de Jesús significa resistir firmes, mantenerse con una paciencia activa en medio de la prueba. La fe cristiana no goza hoy de especial crédito y aplauso social. En medio de estos signos en contra, la fe cristiana debe evocar la de Jesús como resistencia en la identificación con el Crucificado, manteniendo viva la esperanza en medio de la historia actual.
- En resumen, creer cristianamente es creer que Dios es amor, creer en el amor que Dios nos tiene, experimentar su amor, y vivir en el amor a Dios y a los hermanos en medio de todas las conflictividades de la vida. El amor a Dios, que fundamenta nuestra confianza personal, genera el coraje de arriesgarse, de abrirse al otro, de someter a crítica a la propia vida, de desenmascarar como un ídolo -rechazado con razón- la idea de un Dios rival del hombre . Y este amor en el abandono no parte de un infantilismo del hombre, pues se vive por encima de todo legalismo y narcisismo, siendo fiel a lo real, y viviendo la confianza no como freno, sino como motor, y la ternura no como debilidad, sino capacitación enérgica para la entrega total.
2.-La compasión y el amor como principio de actuación
La investigación sobre Jesús llega a una conclusión bastante generalizada. Jesús de Nazaret ha sido un hombre, tal vez el único, que ha vivido y comunicado una experiencia sana de Dios, sin desfigurarla con los miedos, ambiciones y fantasmas que, de ordinario, proyectan las diversas religiones sobre la divinidad.
Jesús no habla nunca de un Dios “indiferente” o lejano, descomprometido de la vida de los humanos o interesado sólo por su honor, su gloria o sus derechos. Jesús nos anuncia que el Dios comunión no es un Dios distante, está en la intimidad del hombre (Mt. 6,6) , un Dios que “igual que un padre siente cariño por sus hijos” (Sal 103,13); un Dios que ante el fallo humano es incapaz de pensar en el castigo, porque “se le revuelve el corazón y se le conmueven las entrañas” (Os. 11,9); un Dios que, por eso mismo “cede a la compasión” (Jer. 31,20) y usa misericordia (Mt 18,27); no actúa como juez, sino que viene en ayuda (Mt. 18,12-14); no domina, sino que promociona al hombre (Jn 13,12-15). La esencia de Dios, dirá Pablo, consiste en perdonar: “¿Quién acusará a los escogidos de Dios? Dios, el que perdona” (Rom. 8,33). Dios es puro amor. Por eso “no hay temor en el amor” (1 Jn 4,18); hasta tal punto de que el mismo sentimiento de culpabilidad está superado en su raíz, “porque aunque nuestro corazón nos condene, Dios es más grande que nuestro corazón y conoce todo” (1 Jn 3,10) La gloria y la riqueza de Dios, según S. Juan, es precisamente un amor al hombre sin límite y sin fallo (Jn 1,14: “amor y lealtad”). San Ireneo, ya en el siglo II, expresa de forma insuperable que “gloria Dei, vivens homo”, la gloria de Dios es el hombre en la plenitud de su vida, es que el hombre viva.
Para Jesús, Dios es compasión; “entrañas”, diría él, “rahamim”. Es su imagen preferida. La compasión es el modo de ser de Dios, su primera reacción ante sus hijos e hijas, su principio de actuación. Dios siente hacia sus criaturas lo que una madre siente hacia el hijo que lleva en su vientre. Dios nos lleva en sus entrañas. Las parábolas más bellas y conmovedoras que salieron nunca de labios de Jesús y sin duda las que más trabajó en su corazón fueron las que narró para hacer intuir a todos la increíble misericordia de Dios.
Esta experiencia de un Dios compasivo fue el punto de partida de toda la actuación revolucionaria de Jesús, que no elude el dolor, la soledad y la muerte, los mira de cara, los toca, mete las entrañas compasivas de Dios en donde la ley ve impureza y podredumbre. Jesús es el hombre de la compasión.
El verbo splanchnizomai (tener compasión, compadecerse, tener misericordia) siempre aparece en los evangelios referido a Jesús (salvo cuando se utiliza en una parábola, referida al Padre, y en la parábola del samaritano). El verbo expresa un movimiento interior, un sentimiento revestido de ternura, compasión, misericordia que afecta a los más íntimo de la persona, que provoca una reacción corporal (“se mueven las entrañas”) y una reacción práctica y liberadora a favor de la persona que desencadena tal pulsión. La compasión manifiesta, pues, la manera concreta como se desarrolla el mesianismo de Jesús. Muchas veces a lo largo de los relatos evangélicos encontramos a Jesús sintiendo profunda compasión con el enfermo, con la angustiada, con el amigo, con las multitudes hambrientas, con la mujer acusada, con el dolor de hombres y mujeres.
Es quizás una de las características que más distinguen al Maestro de Galilea. La compasión es su motivación original para muchas de sus acciones, según el anuncio que de Él hacen los evangelios. Marcos en el capítulo seis, nos dice: “Al bajar de la barca, vio mucha gente, sintió compasión de ella porque estaban como ovejas que no tienen pastor, y se puso a enseñarles muchas cosas...” Según esta apreciación Jesús enseña a esta multitud, porque su desorientación, su hambre de palabras de vida, lo conmueven, lo motivan a entregar su palabra... Este hecho, tiene lugar (Marcos 6, 30 - 35) en un momento en que Jesús quería retirarse a descansar en un lugar solitario, sin embargo las búsquedas del pueblo lo hacen superar su cansancio para entregarse en forma de palabra, en forma de enseñanza, prescindiendo completamente de su plan inicial de ir a un lugar retirado.
Esa misma compasión es la que hace que se fije en las multitudes hambrientas que lo escuchan y es la que lo lleva a tomar la decisión de encontrar una forma de alimentarlas, mientras sus discípulos, testigos también de la misma hambre, no han pensado en hacer nada para remediarla. Desde este punto de vista la llamada multiplicación de los panes adquiere un nuevo sentido: no se trata sólo de un gesto simbólico o significativo... no se trata sólo del poder de Dios desplegado o de la capacidad de compartir que el Maestro suscita... se trata igualmente de un gesto motivado/movido por la compasión, por esa capacidad de Jesús que lo hace sentir con y como el otro/la otra. Conmover es el término que usan Mateo y Marcos...
Este gesto, mirado desde la com/pasión nos revela a un Jesús, capaz de captar el hambre colectiva, el hambre de la multitud... capaz de captarla e identificarse con ella. Sólo esta identificación, le permite pensar en responder a ella, a diferencia de sus discípulos que piensan en otra dirección: despáchalos para que vayan a las aldeas a buscar que comer... Esa capacidad para sentir el hambre de otro cuerpo, es una capacidad muy propia de la mujer/madre, que asume y vive en su cuerpo las fatigas del hijo y/o del amado.
Jesús involucra al Dios de la vida con sus criaturas indefensas, porque algo nuevo está pasando, Dios vuelve a manifestar su Gloria en la vida de sus criaturas. Jesús introdujo en la historia un nuevo principio de actuación: la compasión.
Jesús presentará el principio de misericordia frente a todo el orden religioso-político. Ante la ordenación religiosa y sociopolítica del pueblo judío arrancaba de una exigencia radical formulada así: “Sed santos porque yo, el Señor, Dios soy santo” (Lev. 19, 2). El pueblo debía imitar al Dios Santo del Templo que rechaza a los paganos, los pecadores e impuros, y bendice al pueblo elegido, a los justos, a los puros. Esta imitación de la santidad de Dios, entendida como separación de lo “no – santo”, lo “impuro”, generaba una sociedad discriminatoria y excluyente. El pueblo judío busca su propia identidad excluyendo a las naciones paganas e impuras. Los sacerdotes del Templo gozan de un rango de pureza superior al resto del pueblo. Los observantes de la Ley disfrutan de la bendición de Dios, mientras los pecadores son objeto de su ira. Los varones pertenecen a un nivel superior de santidad sobre las mujeres sospechosas siempre de impureza por su menstruación y los partos. Los sanos están más cerca de Dios que los leprosos, los ciegos o tullidos que son impuros excluidos del acceso al Templo.
Jesús introduce en medio de esta sociedad una alternativa que lo transforma todo: “Sed compasivos como vuestro Padre es compasivo” (Fuente Q (Lucas 6,36 / / Mateo 5,48). En Mateo leemos: “Sed buenos del todo, como también vuestro Padre del cielo es bueno del todo”. Los dos evangelistas transmiten con matices diferentes el pensamiento de Jesús. Para acoger el reino de Dios no es preciso marchar al desierto de Qumrán a crear una “comunidad santa”, no hay que encerrarse en la observancia escrupulosa de la ley al estilo de los grupos fariseos, no hay que soñar en levantamientos violentos contra Roma, como algunos sectores impacientes, no hay que potenciar la religión del templo, como quieren los sacerdotes de Jerusalén. Lo que hay que hacer es introducir en la vida de todos la compasión, una compasión parecida a la de Dios; hay que mirar con ojos compasivos a los hijos perdidos, a los excluidos del trabajo y del pan, a los delincuentes incapaces de rehacer su vida, a las víctimas caídas en las cunetas. Hay que implantar la misericordia en las familias y en las aldeas, en las grandes propiedades de los terratenientes, en el sistema religioso del templo, en las relaciones entre Israel y sus enemigos.
La compasión no es, para Jesús, una virtud más, sino la única manera de ser como Dios. El único modo de mirar el mundo, de sentir a las personas y de reaccionar ante el ser humano de manera sana, como Dios. Esta compasión no es un mero sentimiento sino un principio de acción que desafía los esquemas de actuación convencionales. Consiste en interiorizar y hacer nuestro el sufrimiento del otro para reaccionar y hacer por él todo lo que podamos. Jesús lo sugirió de manera provocativa en la parábola del buen samaritano (Lc. 10, 30 -36).
Jesús habla de un hombre asaltado y abandonado medio muerto en la cuneta de un camino solitario. Afortunadamente, por el camino aparecen dos viajeros: un sacerdote y un levita. Vienen del templo, después de realizar su servicio cultual. El herido los ve llegar esperanzado: son de su propio pueblo; representan al Dios del Templo; sin duda, tendrán compasión. No es así: los dos “dieron un rodeo” y pasaron de largo. Por el camino aparece un tercer viajero. No es sacerdote ni levita. Ni siquiera pertenece al pueblo elegido. Es un odiado samaritano, miembro de un pueblo enemigo. El herido lo ve llegar atemorizado. Se puede esperar lo peor. Sin embargo, el samaritano “tuvo compasión”, se acercó al herido e hizo por él todo lo que pudo hasta salvarlo. La sorpresa de los oyentes no podía ser mayor. La parábola rompía todos sus esquemas y clasificaciones entre amigos y enemigos, entre pueblo elegido y gentes extrañas e impuras. ¿Será verdad que la compasión nos puede llegar, no del Templo ni de los canales religiosos oficiales, sino de un enemigo proverbial? Jesús miraba la vida desde la cuneta, con los ojos de las víctimas necesitadas de ayuda. No había duda. Para Jesús, la mejor metáfora de Dios era la compasión con los heridos. Y la única manera de ser como Dios y actuar de manera humana era actuar como aquel samaritano. La parábola de Jesús introducía un vuelco total. Los representantes del Templo pasan de largo junto al herido. El odiado enemigo es el salvador. Con la compasión caen las barreras. Hasta un enemigo tradicional, renegado por todos, puede ser canal de la compasión de Dios. ¿Habrá que olvidar prejuicios y enemistades seculares, los odios y sectarismos? ¿Habrá que reordenarlo todo desde la compasión?
Una última parábola en la que no es fácil llegar hasta el relato original de Jesús, nos permite captar la revolución que introduce en la historia: está en Mt. 25, 31 – 6 y se la llama tradicionalmente la parábola del “juicio final”. La parábola es en realidad una descripción grandiosa del juicio de todas las naciones.
Allí están gentes de todas las razas y pueblos, de todas las culturas y religiones, generaciones de todos los tiempos. Se va a escuchar el veredicto final que lo esclarecerá todo. Dos grupos van emergiendo de aquella muchedumbre. Unos son llamados a recibir la bendición de Dios para heredar su reino; a otros se les invita a apartarse. Cada grupo se dirige hacia el lugar que ellos mismos han escogido. Unos han reaccionado con compasión ante los necesitados; los otros han vivido indiferentes a su sufrimiento. Lo que va a decidir su suerte no es su religión ni su piedad. No han actuado por motivos religiosos. Sencillamente, unos han vivido movidos por la compasión, otros no. El verdadero progreso, la salvación de la humanidad está en atender a los desgraciados del mundo. Su perdición, por el contrario, en la indiferencia ante el sufrimiento. El mensaje proclamado y vivido por Jesús hasta el final fue este: «Sed compasivos como vuestro Padre del cielo”.
La alternativa que nos presenta Jesús ante este mundo competitivo e insolidario, un mundo regido por las leyes del mercado, en el que más fuerte arrastra y margina al más débil, el cristiano ha de regirse por la compasión, que fue determinante en la vida de Jesús.
El que vive con misericordia vive en gratuidad como vivió Jesús su compasión. Él es el Buen Samaritano que, en su itinerario de Siervo no sólo atiende al hombre herido, sino que da su vida por salvarle. El, lleno de compasión, vive en el amor total, amor gratuito y generoso. Toda la vida de Jesús como “el Hijo del Hombre que no ha venido para que le sirvan, sino para servir y dar su vida en rescate por todos” y la invitación a seguirle, tiene su expresión concreta en la parábola del Buen Samaritano: “Anda, haz tu lo mismo”. El cristiano es, pues, el que interioriza el sufrimiento ajeno -en el caso de la parábola, el sufrimiento injustamente infligido- de tal modo que este sufrimiento interiorizado se hace parte de él y se convierte en principio interno, primero y último, de su actuación. Por eso, Jesús proclama que son “Dichosos los misericordiosos”, los que siempre actúan con misericordia.
La razón de la caridad fraterna se sitúa para él en el ámbito de la paternidad de Dios y de la filiación del cristiano: “Y tenemos de Él (de Dios) este mandamiento: que el que ama a Dios, ame también a su hermano” (1 Jn 4,21). El amor se convierte en signo y prueba de fe (1 Jn 3,10; 4,7ss). Sin amor al prójimo no existe relación con Dios. La observancia de los mandamientos consiste en amar: 1 Jn. 14,23 ss.
La compasión y el amor al prójimo es, por tanto, la consecuencia del amor de Dios: “Si Dios nos amó, así también debemos amarnos los unos a los otros” (1 Jn. 4,11). La consecuencia no es que si Dios nos ha amado nosotros debemos devolverle amor a él; lo original y propio del cristianismo es que si todo hombre es objeto de amor de Dios nosotros no podemos ya dejar de amar a todo hombre. La dignidad y “amabilidad” de todo hombre radica no en sus méritos, cualidades y bondades como hombre, sino en que es siempre un ser amado por Dios.
3.- La dignidad de los últimos como meta
Jesús vivió en una sociedad en profunda crisis. Todos esperaban algún acontecimiento decisivo, incluso una intervención de Dios que diera un vuelco a la situación. Los esenios de Qumrán, los diversos grupos fariseos, los movimientos de resistencia a Roma, los visionarios apocalípticos, todos proponían caminos diversos. Jesús, por su parte, fue gestando en su conciencia un proyecto absolutamente original: lo llamó “Reino de Dios” y lo entendió como la irrupción de su compasión en el mundo. Dios es bondad sin límites, compasión increíble hacia los que sufren. Lo importante es acoger, introducir y extender esa compasión en la sociedad. No basta buscar un nuevo orden de cosas más justo según lo entiende cada grupo desde su propia visión e intereses. Es necesario introducir en la vida una nueva dinámica y una nueva dirección: la compasión tiene que dirigirlo e impulsarlo todo hacia una vida más digna para los últimos.
Este mensaje fue escuchado como un desafío para todos. Según Jesús hay que aprender a vivir desde otro “lugar” diferente. Hay que liberarse de la “sabiduría convencional” que ha ido modelando durante siglos las tradiciones de Israel, la religión del Templo y la espiritualidad de los diferentes grupos. Hay que criticar valores muy interiorizados en la conciencia social y que llevan nombres muy concretos: “elección de Israel”, “destrucción de los paganos”, “dominio sobre los pueblos enemigos”, “maldición de los pecadores”. Jesús los llama ahora a vivir acogiendo el reino de Dios que quiere una vida más digna y más dichosa para todos, empezando por los últimos. Hay que aprender a vivir desde valores diferentes: compasión hacia los que sufren, defensa de los últimos, acogida incondicional a todos, lucha por la dignidad de todo ser humano.
Las gentes de Galilea conocían bien lo que era un reino construido sobre la violencia y la opresión. Llevaban muchos años sufriendo la crueldad de Roma y la explotación de las clases dirigentes. Siempre había sido así. Imperio de Roma, reino de Herodes, gobierno de su hijo Antipas: el resultado siempre era el mismo. Lujosos edificios en las ciudades, miseria en las aldeas; riqueza y ostentación en las elites urbanas, deudas, pérdida de tierras y hambre entre los campesinos; enriquecimiento de los grandes terratenientes, aumento de mendigos desnutridos, vagabundos, prostitutas, esclavos fugitivos de sus amos y bandoleros. Nada podían esperar de Tiberio ni de Antipas.
En este contexto hemos de situar la actuación de Jesús. Su objetivo no era organizar una religión más perfecta. No se dedicó a desarrollar una teología más precisa sobre Dios o una liturgia más digna en el Templo. La pasión que alentó toda su vida fue otra. Quería ver realizado cuanto antes el proyecto de Dios: una vida más digna y dichosa para todos. Por eso, había que introducir en la sociedad una dirección nueva hacia los últimos, los más necesitados e indefensos. ¿Cómo sería el mundo si fuera Dios y no Tiberio el que reinara realmente sobre los pueblos? ¿Qué pasaría si las cosas respondieran a la voluntad de Dios?
Desde la religión convencional de Israel todo era muy claro: Dios intervendría para destruir a los enemigos de Israel y aniquilar a los impíos que no respetaban la Ley. Jesús los sorprende a todos. No se pone de parte del pueblo elegido y en contra de los pueblos paganos: el reino de Dios no va a consistir en la destrucción de los gentiles. No se pone tampoco de parte de los justos y en contra de los impíos: el reino de Dios no va a consistir en una victoria de los santos para hacer pagar a los malos su pecado.
Jesús se pone a favor de los que sufren y en contra del mal y la injusticia que impiden a todos una convivencia más digna y justa. La compasión de Dios está pidiendo que se haga justicia a los más pobres y humillados. El reino de Dios es para ellos. Jesús tiene ante sus ojos aquellas gentes que viven humilladas en sus aldeas, sin poder defenderse e los grandes terratenientes; conoce muy bien el hambre de aquellas mujeres y niños desnutridos; ha visto llorar de rabia e impotencia a aquellos campesinos al quedarse sin tierras o al ver que los recaudadores se llevan lo mejor de sus cosechas. Son ellos los que necesitan escuchar antes que nadie su mensaje: “Dichosos los pobres porque de ustedes es el Reino de los Cielos. Dichosos los que ahora tienen hambre porque serán saciados. Dichosos los que ahora lloran porque reirán” (Mt 5…).
Si el Reino de Dios es acogido, todo cambiará para bien de los últimos. Esta fue la fe de Jesús, su pasión y su lucha. Pero Jesús es realista. Todo esto no significa, ahora mismo, el final del hambre y la miseria, pero sí una dignidad indestructible de todas las víctimas de abusos y atropellos. Nunca ninguna religión será bendecida por Dios si no introduce justicia para ellos. Esto es acoger el reino de Dios: poner a las religiones y a los pueblos, a las culturas y a las políticas mirando hacia la dignidad de los últimos.
Bien puede afirmarse entonces que “el ser y el actuar de la Iglesia se juegan en el mundo de la pobreza, del dolor, de la marginación y de la opresión, de la debilidad y del sufrimiento” (Comisión Episcopal de Pastoral Social, La Iglesia y los pobres, n.10).
4.- La sanación como programa
No hay duda de que Jesús amó, defendió y se dedicó a los más pobres e indefensos de la sociedad. No hay en ello nada original. Otros muchos lo han hecho también antes y después de Jesús. Lo más admirable es que, por encima de ellos, Jesús no amó nada más que a ellos, ni siquiera la religión, la ley o la seguridad de su pueblo. La investigación moderna no deja lugar a dudas. Lo primero para Jesús es la vida de la gente no la religión.
La clave desde la que Jesús vive a Dios y lucha por su reinado entre los humanos no es el pecado, la moral o la ley, sino el sufrimiento generado por la falta de compasión. La gente captó enseguida la diferencia entre Jesús y el Bautista. La misión del Bautista estaba pensada y organizada en función del pecado. Era su preocupación suprema: denunciar los pecados del pueblo, llamar a la penitencia y purificar con el bautismo a quienes acudían al Jordán. El Bautista nunca cura los enfermos, no toca a los leprosos, no libera a los endemoniados, no alivia el sufrimiento.
Por el contrario, la primera preocupación de Jesús era el sufrimiento y la marginación que sufrían las gentes más enfermas y deterioradas. Las fuentes no presentan a Jesús caminando por Galilea en busca de pecadores para convertirlos de sus pecados, sino acercándose a enfermos y endemoniados para curarlos de su sufrimiento. Su misión no era tanto una misión “religiosa” o “moral”, cuanto una misión “terapéutica” encaminada a aliviar el sufrimiento de quienes se ven agobiados por el mal y excluidos de una vida sana. Es más determinante en la actuación de Jesús suprimir el sufrimiento que denunciar los pecados de la gente. No es que no le preocupe el pecado sino que, para él, el pecado que ofrece mayor resistencia al reino de Dios es precisamente causar sufrimiento o tolerarlo con indiferencia desentendiéndonos de él.
Se ha dicho con razón que, frente a la “mística de ojos cerrados” propia de Buda y de la espiritualidad del Oriente en general, que busca en la atención a lo interior caminos para liberarse del dolor, Jesús impulsa una “mística de ojos abiertos” y una espiritualidad de la obligación absoluta de atender al dolor de las gentes. Cuando a Jesús se le pregunta si viene en nombre de Dios, sólo responde con su actividad terapéutica y curadora: “los ciegos ven y los inválidos andan; los leprosos quedan limpios y los sordos oyen; los muertos resucitan y a los pobres se les anuncia la Buena Noticia. Y dichoso el que no se sienta defraudado por mí” (Mt 11, 4- 6). No hay duda. Se actúa en nombre de Dios cuando se lucha contra el sufrimiento. Se abre camino al reino de Dios cuando se libera a la gente del mal.
Jesús ha puesto en marcha una “religión sanante”, que no tiene precedentes en las tradiciones religiosas de Israel. Jesús proclamaba a Dios curando. Esto es lo nuevo. Jesús pone en marcha un proceso de sanación tanto individual como social con una intención de fondo: curar, aliviar el sufrimiento, restaurar la vida. El cuarto evangelio pondrá en boca de Jesús una frase que lo dice todo: “Yo he venido para que tengan vida y vida abundante” (Jn. 10, 10).
No hemos de pensar sólo en las curaciones. Toda su actuación trata de encaminar a la sociedad a una vida más saludable: su rebeldía frente a tantos comportamientos patológicas de raíz religiosa (legalismo, hipocresía, rigorismo, vacío de amor); su esfuerzo por crear una convivencia más justa y solidaria; su ofrecimiento de perdón a gentes hundidas en la culpabilidad y la ruptura interior; su acogida a los maltratados por la vida o la sociedad; su empleo en liberar a todos del miedo y la inseguridad para vivir desde la confianza absoluta en Dios.
Las fuentes cristianas resumen la actuación de Jesús afirmando que se dedicaba a dos tareas: anunciar la buena noticia del reino de Dios y curar las enfermedades y dolencias en el pueblo. (“Recorría toda Galilea... proclamando la buena noticia del reino y curando toda enfer¬medad y dolencia en el pueblo” (Mateo 4,23). Ese fue su empeño funda¬mental: despertar la fe en la cercanía de Dios luchando contra el sufri¬miento. Por eso, cuando confía su misión a los discípulos, les enco¬mienda la misma tarea. “Los envió a proclamar el reino de Dios y a curar”. (Lucas 9, 2) En otro lugar, el mismo Lucas dice: “Cuando entréis en una ciudad... curad a los enfermos que haya en ella, y decidles: el reino de Dios está cerca de vosotros” (Lucas 10,9 / / Mateo 10,7-8). Jesús solo realizó un puñado de curaciones y exorcismos. Por las aldeas de Galilea y Judea quedaron otros muchos ciegos, leprosos y endemoniados sufriendo sin remedio su mal. Solo algunos que se encon¬traron con él experimentaron su fuerza curadora. Jesús no pensó nunca en los “milagros” como una forma fácil de suprimir el sufrimiento en el mundo, sino solo como un signo para indicar la dirección en la que sus seguidores han de actuar para acoger el reino de Dios.
No es extraño que, al confiar su misión a sus discípulos, Jesús los imagine no como doctores, jerarcas, liturgistas o teólogos, sino como curadores: “Proclamad que el reino de Dios está cerca: curad enfermos, resucitad muertos, limpiad leprosos, arrojad demonios. Gratis lo habéis recibido, dadlo gratis” (Mt. 20, 7 – 8).
La primera tarea de los seguidores de Jesús no es celebrar cultos, elaborar teología, predicar moral, sino curar, liberar del mal, sacar del abatimiento, sanear la sociedad, ayudar a vivir de manera saludable Jesús no tiene duda alguna. Donde se libera a la gente del mal allí se está abriendo camino a Dios. Donde se contribuye a la curación del ser humano, a la victoria sobre el dolor, la recuperación de una vida sana, el crecimiento humano de la persona, la afirmación de su dignidad, allí se está anunciando y ofreciendo la salvación de Dios. Ese programa terapéutico es el camino del Reino de Dios, que ha de llevarnos a construir comunidades sanantes, comunidades que curen el sufrimiento y promuevan una vida más digna y dichosa para todos. En nuestras comunidades hay muchos heridos, pero también hay muchos que están más heridos. Y la Iglesia ha recibido prolongar en la historia la misión de Jesús de Nazaret, el Buen Samaritano. “Sus heridas nos han curado” (1 Pd. 2,24). Los cristianos participamos, al mismo tiempo, de las heridas de los humanos y de la misión sanante de Jesús. Hemos recibido no sólo el encargo de “Id y anunciad” (Mt. 10,7) y de “Id y bautizad” (Jn 1,333), también el de “Id y sanad” (Lc 9,2). Podemos sanar, como Jesús, incluso a través de nuestras propias heridas.
5.- El perdón como horizonte
Lo que provocó más escándalo y hostilidad hacia Jesús durante su actividad en Galilea fue su amistad con los pecadores. Nunca había ocurrido algo parecido en Israel. Ningún profeta se había acercado a ellos en esa actitud de respeto, amistad y simpatía. Lo de Jesús era inaudito. El recuerdo que había dejado el Bautista era muy diferente. Juan había denunciado a los pecadores, les había recordado el castigo que los amenaza y había introducido un gran rito de purificación y penitencia para sacarlos del pecado. Su actuación no escandalizó a nadie. Era lo que se podía esperar de un profeta, defensor de la Alianza entre Dios y el pueblo.
Pero lo de Jesús era difícil de entender. No hablaba de la ira de Dios contra los pecadores. Al contrario, repetía que en el reino de Dios había sitio para los pecadores, los recaudadores y las prostitutas. No se dirigía a ellos en nombre de un Juez irritado, sino de manera amistosa y acogedora, en nombre de un Padre compasivo. No los amenazaba ni les urgía a un bautismo de penitencia. Los convidaba a sentarse a su mesa y les invitaba a seguirle. ¿Cómo un hombre de Dios los podía aceptar como amigos sin exigirles previamente conversión? ¿Cómo podían entrar en su movimiento sin ponerles condiciones para su ingreso?
Lo sorprendente es que Jesús acoge a los pecadores sin exigirles previamente el arrepentimiento, tal como era entendido tradicionalmente, y sin someterlos siquiera a un rito penitencial, como había hecho el Bautista. Les ofrece su comunión y amistad como signo de que Dios los acoge en su reino incluso antes de que vuelvan a la ley y se integren en la Alianza. Los acoge tal como son, pecadores, confiando totalmente en la misericordia de Dios, que los está buscando. Por eso Jesús pudo ser acusado de ser amigo de gente que seguía siendo pecadora. Su actuación era intolerable. ¿Cómo podía acoger a su mesa asegurándoles su participación en el reino de Dios a gentes que no estaban reformando su vida de acuerdo con la Ley? Este parece ser el motivo fundamental del escándalo y conflicto que provoca Jesús. Al parecer, el Bautista no se alejó mucho de la tradición, pues su actuación con los pecadores no escandalizó.
Sin embargo, la actuación de Jesús es clara. Ofrece el perdón sin exigir previamente un cambio. No pone a los pecadores ante las tablas de la ley, sino ante el amor y la ternura de Dios. Esta es su terapia personal con aquellos amigos y amigas “perdidos” que no aciertan a retomar a Dios por el camino de la ley. Los perdona sin la seguridad de que responderán cambiando su conducta. Hay un consenso cada vez mayor en atribuir a la redacción de Lucas el interés por subrayar que Jesús lograba el arrepentimiento de los pecadores: escena de Zaqueo (19,1-10), escena de la mujer pecadora (7,36-50), añadidos a la parábola del pastor y la oveja perdida (15,7) ya la de la mujer y la dracma perdida (15,10).
Lo que más escandalizaba era verle a la mesa en su compañía. Era algo inimaginable en alguien considerado como “hombre de Dios”. Sin duda era un gesto provocativo que Jesús buscó intencionadamente y que generó una reacción inmediata contra él. Las diversas fuentes recogen fielmente primero la sorpresa y después las acusaciones de los más hostiles: “¿Qué? ¿Es que come con los publicanos y pecadores?”... “Ahí tenéis un comilón y un borracho, amigo de pecadores” (Mc 2, 16). No sabe marcar las barreras. No tiene vergüenza. ¿Cómo puede actuar así?
El asunto era explosivo. Sentarse a la mesa con alguien siempre es signo de respeto, confianza y amistad. No se come con cualquiera. Cada uno come con los suyos: los gentiles con los gentiles, los judíos con los judíos, los ricos con los ricos, los pobres con los pobres, los fariseos con los fariseos, los monjes de Qumrán con su comunidad. Jamás un hombre piadoso y respetable se sentaría con pecadores y prostitutas. Comer juntos en la misma mesa quiere decir que se pertenece al mismo grupo. ¿Qué quería decir Jesús? ¿Estaba de parte de los pecadores? ¿Pertenecía al mismo grupo?
Jesús insistía en comer con todos. Su mesa estaba abierta a cualquiera. Nadie se debía sentir excluido. No hacía falta ser puro. No era necesario limpiarse las manos. Podían compartir su mesa gente poco respetable, incluso pecadores que vivían al margen de la Alianza. Jesús no excluía a nadie. En el reino de Dios todo ha de ser diferente. La misericordia acogedora sustituye a la santidad excluyente. El reino de Dios es una mesa abierta donde pueden sentarse todos. No hay que reunirse ya en torno a mesas separadas que excluyen a otros para salvaguardar su propia identidad. La identidad del grupo de Jesús es no excluir a nadie.
Probablemente nunca ha habido sobre la tierra un hombre que ha proclamado con tal fuerza y tal hondura la amistad, el perdón y la acogida de Dios hacia quienes lo olvidan o rechazan. Su mensaje sigue ahí resonando para quien lo quiera escuchar: “Cuando se vean juzgados por la ley, sentiros comprendidos por Dios; cuando os veías rechazados por la sociedad, sabed que Dios los acoge; cuando nadie les perdone su indignidad, sentid sobre vosotros el perdón inagotable de Dios. No lo merecen. No lo merece nadie. Pero Dios es así: amor y perdón. No lo olvidéis nunca. Creed en esta Buena Noticia”.
Conclusión.
Hemos expuesto cinco puntos concretos, que vienen a reflejar la alternativa que Jesús nos presenta para expandir el Reino de Dios en este mundo. Son puntos que ponen de manifiesto como el Reino de Dios es don: Dios nos regala la fe, se compadece y nos ama gratuitamente, se vuelca con nosotros, sobre todo con los padecen las injusticias de este mundo; nos sana las heridas que llevamos en la vida, y nos ofrece ilimitadamente su perdón. Es un Dios de vida, de amor, de misericordia, de sanación, de liberación, de salvación. El Dios que ama con locura al hombre, el Dios que ha querido que en su Hijo surjan ya los cielos y la tierra nueva. Este Dios es digno de fe, de confianza.
Jesús nos revela que su Padre Dios es aquel que se ha dirigido a nosotros con misericordia y amor. Nos ha visitado porque nos habíamos perdido y habíamos llegado a ser extraños para nosotros mismos. Y ha hecho brillar su luz sobre nosotros para iluminarnos y para guiar nuestros pasos por el camino de la paz, la misericordia, la justicia y el perdón.
Ante su revelación, nos disponemos a aprender a vivir en la clave y los deseos de su Reino. Queremos:
- Depositar la confianza en Dios, esperar contra espera. Confiar implica ponerse a caminar hacia el futuro como lo hizo Abrahán: “salió sin saber adónde iba” (Hebreos, 11,8). Caminar sabiendo que Dios siempre me acompaña en la vida, él se ocupa de mí: “Yo soy pobre y desdichado, pero el Señor se ocupa de mi” (Sal 40,18). Soy amado incondicionalmente por Dios. Hay un fundamento último y sólido en mi vida del que puedo fiarme: sé con seguridad que Dios no me abandonará. Dios no me abandona ni siquiera cuando yo me abandono a mí mismo porque ya no me soporto. Y la confianza en Dios necesita la experiencia de la confianza humana. Pero también existe la experiencia según la cual una falta de confianza humana nos lleva a poner nuestra confianza en Dios. Se trata, por tanto, de adquirir confianza, de transmitir confianza y de reforzarla.
- Caminar por la vida con misericordia. Primero tener misericordia con nosotros mismos para no estar condenándonos y maltratándonos continuamente. La misericordia es un camino para hacer las paces con uno mismo. Y la compasión hacia el hermano, compasión que activa mi ser, me pone en movimiento para ir hacia el hermano herido y desamparado. Me convierto en samaritano, siempre alerta para poder ver y detectar quién está herido en el camino y necesita de mi ayuda.
- Trabajar y comprometernos por un mundo más justo y solidario. Queremos luchar contra la pobreza y acoger a los pobres. Nos situaremos en la vida desde el lugar de los pobres, procuraremos pensar y actuar desde ellos. Y haremos que nuestras comunidades sean comunidades habitables para los pobres.
- Dejar que el Señor nos sane. Elevaremos nuestra autoestima: soy valioso porque Dios me ha creado. Conozco mi dignidad, tomo conciencia de lo que valgo, me ayudo a mí mismo sanando mis heridas. “Soy yo mismo”. Con humildad soy capaz de reconocer mis heridas, mis limitaciones, dejando que otros puedan ayudarme y sanarme. Y me siento llamado a sanar las heridas de los hermanos, a crear relaciones saludables, a oxigenar los ambientes tóxicos, a crear vida.
- Reconcíliate con tus propias sombras. Esto exige humildad y sentido del humor. Acepta con serenidad los propios errores y traba amistad con sus lados sombríos. Sé capaz de perdonarte a ti mismo. Dios siempre te perdona, acude a Él sin temor, sin miedo. Pide perdón a Dios y a los demás, y ofrece tu perdón a quienes te hayan herido u ofendido. Y al mismo tiempo, no juzgues, no condenes. Acoge a cualquier persona humana, independientemente de lo que haya hecho, ofrécele siempre tu acogida y tu perdón.
Frente a la falsa felicidad que promete la sociedad injusta, Jesús muestra que la verdadera felicidad (“Dichosos…”) se encuentra en una sociedad justa que permita garantice el pleno desarrollo humano. La sociedad injusta centra la felicidad en el egoísmo y el triunfo personal; la alternativa de Jesús, en el amor y la entrega. Mientras la primera, es acosta de la infelicidad de muchos, va creando la “felicidad” de unos pocos, cerrados en sí mismo e indiferentes al sufrimiento de los demás, en la sociedad nueva el esfuerzo se encuentra en eliminar toda opresión, marginación e injusticia, procurando la solidaridad, la fraternidad y la libertad de todos.
TRABAJO EN GRUPO
1.- Para adentrarte en la tarea del Reino, primero has de creer, fiarte de Dios. Narra alguna experiencia concreta que hayas tenido de abandono en tu vida, ya sea con alguna persona concreta o con Dios mismo. Pasos que diste para abandonarte. Y ahora ¿qué dudas te están asaltando con respecto a Dios?, ¿cuáles son las resistencias que encuentras a la hora de creer?, ¿qué es lo que más te cuesta creer ahora?
2.- ¿Cómo estás ejerciendo la compasión contigo mismo, con los otros y con los pobres?, ¿qué te impide, en ocasiones, ser compasiva?, ¿juzgas con benevolencia y amor a los otros, o más bien, severamente?, ¿qué pasos podrías dar para ser una persona más compasiva con las personas que tratas habitualmente?
3.- ¿Cuáles son las injusticias que estamos detectando en nuestra ciudad de Badajoz?, ¿qué podríamos hacer para conocer más la realidad de pobreza de nuestra ciudad? ¿Podríamos llevar a cabo un compromiso concreto de todo el grupo para conocer la pobreza de nuestra ciudad?
4.- Plantéate cuáles son las heridas que aún posees en tu vida y que necesitan de sanación. ¿Cómo podrías afrontarla?, ¿quién puede ayudarte?
5.- ¿Qué no has llegado a perdonarte aún en tu vida, o bien, que te cuesta aceptar de ti misma? Cuando estás en una situación de pecado, ¿crees que Dios te sigue queriendo y puede perdonarte? ¿Hay personas a las que no hayas perdonado todavía en tu vida?
ORACIÓN SOBRE LAS BIENAVENTURANZAS
Las bienaventuranzas son un mensaje de felicidad, pero una felicidad compartida, no egoísta. Es una nueva felicidad la que Jesús nos ofrece. Ante el Señor pregúntate cómo tú estás procurando ser feliz, ¿en qué consiste para ti la felicidad?, ¿qué haces para que los otros sean felices.
1.- Lee detenidamente las Bienaventuranzas de Mateo: 5, 1-14. Escucha cómo el Señor se dirige a ti personalmente. Párate en aquellas palabras o frases que más te impactan, te llaman la atención o te interpelan. Piensa también en aquellas personas que hoy están siendo bienaventuradas por su estilo de vida. Da gracias por esas personas.
1.1 - "Al ver Jesús el gentío”. Jesús va por la vida con los ojos bien abiertos. Ve todo lo que tiene delante. Ve a la gente, con su dolor y su gozo, con su búsqueda y su cansancio. Y se encuentra con muchas miradas: cercanas y distantes, autosuficientes o de súplica, desconfiadas o amigables. Jesús es un contemplativo de los mil rostros que habitan nuestro mundo. Pero es más, Jesús es la mirada del `Padre y el “mirar de Dios es amar” (Juan de la Cruz), por eso no puede mirar sin amar, sin comprometerse con los que tiene ante sí. La oración del abrazo comienza cuando detenemos nuestra mirada en las personas que se cruzan con nosotros cada día, de la mañana a la noche. Mira ahora desde tu oración a todas esas personas con amor.
1.2.- "Subió a la montaña”. Jesús, volcado sobre las gentes, tiene también los ojos del corazón abiertos para mirar al Padre. Siempre encuentra tiempo para irse a estar con Él. Sube al monte, para orar, para entrar en intimidad con su Abbá. Y en ese diálogo de amor, el Padre le muestra su rostro de misericordia entrañable y de cariño para todos; de modo especial, para esa retahíla de oprimidos, hambrientos, cautivos, ciegos, los que se doblan, justos, peregrinos, huérfanos, viudas. A Jesús se le graba todo esto dentro y necesitará gritar desde los tejados lo escuchado en la intimidad. La oración del abrazo se amasa cuando contemplamos con calma la ternura y la misericordia del Padre hacia los últimos.
1.3.- Escucha a Jesús: “¡Dichosos!”. Jesús quiere gritar a todos lo que el Padre le ha comunicado. Se sienta, para indicar que lo que va a decir es muy importante. Lo va a hacer con calma, para que su palabra penetre como la lluvia en la tierra. Se le acercan los discípulos y se pone a hablar enseñándoles. Jesús está feliz porque sobre los que no cuentan se ha derrochado la gracia. Estando Jesús cerca no hay tristeza ni hundimiento definitivos. Jesús pone frente a sí todo lo bajo y despreciable de este mundo y se atreve a decir algo escandaloso para el concepto de felicidad que tiene el mundo. ¡Dichosa tu pobreza y tus llantos, tu hambre y tus gestos de misericordia, tu corazón limpio y ese trabajo tuyo sencillo pero difícil por la paz, tu estilo de vida aunque te acarree burlas y persecución... porque todo esto, que a uno le dan ganas de esconder para que nadie lo vea, lo ha buscado Dios para besarlo, y poner en ello su Reino y su consuelo, lo ha escogido para nacer él mismo y ser la riqueza y el don más grande del hombre, de todo hombre! La oración del abrazo se vive cuando miramos y abrazamos con ternura todas esas situaciones que a uno le dan ganas de no mirar.
2.- A la luz de las bienaventuranzas, no son felices:
o ... Los que no aman a Dios ni al prójimo.
o ... No comparten lo que tienen y son.
o ... Creen vivir solos en la tierra y todos para ellos.
o ... Sus ideas políticas, religiosas o sociales son únicas y las mejores.
o ... Guardan resentimiento, odio, envidia, venganza...
o ... Piensan que todos desean mal para ellos.
o ... Incapaces de pedir perdón.
o ... Acaparan sus cosas y la de los otros.
o ... Se cierran a la amistad y el cariño.
o ... No se ponen al servicio de los demás.
o ... Sintiéndose engañados por pequeñas cosas.
o ... Actúan por intereses personales.
o ... No intentan liberarse de sus esclavitudes.
o ... Imposible superar cosas negativas del pasado.
Si te ves reflejada en alguna de estas actitudes pide al Señor perdón. Dile que te ofrezca el don de la conversión.
3.- Terminemos con esta oración de una religiosa:
Yo te alabo Padre, Señor del Cielo y de la tierra porque me has llamado
a gustar tu reino desde aquí, conociéndote a ti único Salvador, para
seguirte y señalar el camino de otros, por eso soy bienaventurada.
Bienaventurada y feliz soy ya cuando medito y vivo tu ternura proyectada
en mi ser de consagrada y la canalizo en función de tus intereses.
Bienaventurada y feliz soy ya cuando practico la misericordia y el
perdón en forma radical e incondicional con todos por igual.
Soy feliz y bienaventurada cuando en silencio descubro tu palabra oportuna
que me habla en lo profundo de mi vida, cuando te contemplo en medio de
los diferentes dramas de la humanidad y te alabo allí en el silencio.
Feliz soy cuando oro, me retiro al desierto para escucharte y entender
tu voluntad y la misión particular que me has confiado.
Feliz soy, cuando te alabo y te bendigo por las maravillas realizadas en mi,
que me van dando alas para volar con libertad y absoluta seguridad en ti.
Feliz soy cuando asumo y acepto la vida, el mundo y las cosas
con realismo, aportando desde mi pobreza para descubrirte presente
en cada acontecimiento con la fe puesta en tu amor.
Feliz soy cuando retomo tu llamado y me veo tan libre
de tantas esclavitudes para desplegar mi amor, mi tiempo
mis anhelos en función de tu reino que habita ya en mi.
Feliz soy cuando canto tus maravillas y reino por adentro
para dejarme renovar por la fuerza liberadora de tu espíritu
de amor, sacando de allí el alimento para cada amanecer.
Feliz soy cuando contemplo en mis hermanos pequeños o grandes y les tiendo la mano
con detalles y actitudes que los animan a responder a tus exigencias y amor.
Ven espíritu de amor y de paz, ayúdanos a llevar a las generaciones venideras
la luz de la palabra que salva, padre de amor eterno, Santo Espíritu de
Jesucristo, me llamas a ser bienaventurada desde aquí, tengo a mi favor
tu santo espíritu porque fui ungida como tu Jesús de Nazaret, para llevar
la buena noticia a los pobres y para compartir contigo como hombre, como
amigo, como dueño y señor como si fuésemos igualmente santos.
Me siento bienaventurada cuando releo tu llamada y gozo del amor primero
de los años de mi infancia y juventud, pues veo tu mano actuando sobre mí,
siento que me asumo como soy y me acojo con amor, además caminamos aquí
dentro enamorado, señalándome la meta, por eso soy bienaventurada desde ya.
Si, soy feliz porque la violencia, la injusticia, el desamor, la
influencia de antes me llevan a buscarte en esta mañana de la historia
y te encuentro renovando desde dentro el mundo que creíamos salvado.
Sí, soy feliz porque no me pides santidad sino pobreza, docilidad que necesitas para, hacer tu plan conmigo en, mi, me gustaría que todos se sintieran salvados como me siento yo.
Gracias porque soy persona trascendente, misionera, consagrada, instrumento de salvación para otros, consciente de tu caminar en la historia, necesitada de tu amor y de tu salvación, que supera mi temperamento fuerte mejore mi vida de oración, los complejos de culpa si los tengo, los sentimientos que dejaron mis propias imprudencias para seguir siendo bienaventurada. Amén.


